Lo bello y lo triste

Superando al maestro

ADMIRAR es sano, siempre y cuando no dure para siempre. Admirar para después tomar distancia del personaje a quien se admira será la regla infalible de Martin Heidegger que aseguraba: "los grandes pensadores no idolatran, ni admiran, agradecen lo pensado"

Admirar es uno de los sentimientos más peligrosos, puede conducir al fanatismo ciego, o a una decepción insalvable. ¿Cuál es la relación entre alumnos y maestros en esta dinámica neurótica de la idolatría? ¿Qué nos enseñan los grandes pensadores al respecto? Desencanto y creación, es la dialéctica entre cual oscilan las grandes teorías.

Admirar es sano, siempre y cuando no dure para siempre. Admirar para después tomar distancia del personaje a quien se admira, será regla infalible contra el conformismo. Martin Heidegger, desde muy joven, marcó la diferencia entre él y su maestro. En una carta escrita en 1917 a su esposa Elfride, el autor de “Ser y Tiempo”, dejaba clara la brecha entre él y Husserl: “No puedo admitir su fenomenología como definitiva, aunque se aproxima a la filosofía, porque es demasiado limitada y sin sangre en el inicio, tanto como en el propósito y porque no es dable absolutizar semejante posición”. Heidegger abandonó la idea de convertirse enel sucesor de su maestro.

El filósofo de la Selva Negra tuvo la valentía de explicitar sus diferencias intelectuales frente a Husserl, pero éstas se complicaron y desgraciadamente también se convirtieron en divergencias ideológicas. Tras la segunda guerra mundial y la ingenua simpatíapolíticade Heidegger, Husserl quedaría muy decepcionado de su alumno estrella, declarando que era “el final de una supuesta amistad filosófica entre almas”.

Siguiendo con la tradición de ruptura, en 1924 llegó a las lecciones de Heidegger, una alumna innegablemente brillante y una de las pensadoras más fructíferas del siglo pasado, Hannah Arendt. Ella quedó maravillada de la entonces promesa joven de la filosofía, su maestro de apenas treinta y cinco años. Ambos compartían no sólo el ámbito académico, sino también el gusto por el arte y la literatura. Les apasionaba escuchar a Beethoven y a Bach, al mismo tiempo que los unían las lecturas de Tomas Mann y Rilke. La amistad fue fructífera, sin embargo, ella no siguió el camino de su maestro. Habría, independientemente de las diferencias personales que muchos morbosos insisten en señalar como lo más importante, una distancia de índole intelectual.

En una entrevista dada para la televisión alemana en 1964, en plena madurez desu pensamiento, Hannah Arendt dijo que no se sentía en modo alguno una filósofa y que tampoco fue admitida en el círculo de filósofos, incluso, el término le sonaba un tanto ofensivo, porque el hecho de que estudiara filosofía no significaba que hubiera permanecido dentro de ella. Aquí se encuentra la gran ruptura entre Heidegger y Hannah, cuando ella se despide de la academia en su sentido ortodoxo, en el modo en que los alemanes de fines del siglo pasado habían estado construyéndola: como un edificio conceptual rígido y de élite, que se olvidaba de los problemas sociales y públicos más urgentes.

Para dar un vuelco a la ortodoxia académica de su siglo, Hannah Arendt dirigió su pensamiento hacia el plano político, sin la pretensión de adoctrinar mentes, porque eso le parecía muy masculino: “los hombres siempre quieren tener una gran influencia”. Arendt no deseaba adoctrinar mentes, ni que sus palabras nunca fueran puestas en duda, cosa que muchos de sus maestros alemanes sí deseaba.

“Yo quiero comprender, y si otros comprenden en el mismo sentido en que yo he comprendido, ello me produce una satisfacción personal, como un sentimiento de encontrarme en casa”. He aquí otro de los quiebres con Heidegger, tal parece que en la alumna, él, no dejaría una huella teórica imborrable, pocas son las veces que lo cita, y cuando lo hace es para cuestionarlo, criticarlo o refutarlo.

Por eso, y como el mismo Heidegger algún día dijo, “los grandes pensadores no idolatran ni admiran, agradecen lo pensado”.