Lo bello y lo triste

Reseñista sin escrúpulos

Alguna vez un notable detractor de gremios y grupúsculos de escritores, que también se legitiman entre ellos, comentaba que el crítico literario trabaja con un asunto muy delicado: “la vanidad literaria”. Pienso que más allá de ofrecer sus servicios a dicha vanidad, es mayormente necesario firmar un pacto con la indiferencia. Sí, el crítico debe comprometerse a mostrar cierta apatía frente a los embrollos y sentimentalismos desatados, si la vanidad particular de cualquier literato ha sido menguada u ofendida por sus juicios.

Pedir objetividad en una labor tan subjetiva, resulta muy romántico. Pero quizá esta adopción de un cierto valemadrismo frente a las reacciones del autor —los cuates y los groupies—, derivadas de la obra en cuestión, obligarán al crítico a lograr cierta neutralidad, o al menos desarrollar mesura y sobriedad hacia los libros sobre los cuales escribe.

Por lo que la labor del reseñista, si es que éste quisiera entrar dentro del rubro de crítico literario, sería juzgar. Sí, juzgar y establecer un diálogo íntimo con el lector de los puntos fuertes y débiles de los textos a los cuales se refiere.

Esto no significa que el reseñista invariablemente deberá hacer pedazos lo que lee, ni convertirse en el verdugo draconiano al que nada le convence, porque eso sólo lo volvería un reaccionario del montón. Pero tampoco, el buen reseñista, puede aventurarse a ser la voz que garantiza la compra del lector, porque ante eso mejor que trabaje para un sello editorial particular, o mejor aún, se vuelva el mercenario intelectual de los autores a quienes alaba.

Hay que ser muy cuidadosos con el tema de reseñar a los amigos, a las novias, a los amantes y a cualquier persona con cercanía afectiva, porque generalmente se puede abusar de los elogios. Tampoco es muy recomendable escribir todo el tiempo sobre los conocidos. Existiendo una vasta gama de autores, caer una y otra vez en la propaganda de las amistades resulta patético.

El reseñista que hace crítica literaria, supone no necesitar un trampolín para sobresalir, porque es dueño de sus palabras y no estará sujeto a parámetros ajenos a su propio juicio. Lo cual significa que el buen reseñista no va a fomentar la endogamia literaria, ni tiene consciencia de grupo. Esto nos arroja a concluir que a pesar de ser amigo de un escritor muy renombrado —o del gestor cultural más poderoso—, si el texto de este último es malo, el reseñista sentirá el llamado de mostrar las carencias y criticar los puntos débiles de dicha obra.

Por otro lado, si el autor del libro recibe puros elogios de sus más cercanos, habrá de preguntarse objetivamente si de verdad tiene amigos, o tan sólo lo rodea un club de trepadores carroñeros, esperando cobrarse los elogios recibidos de cualquier forma posible. Porque el amigo es quien a pesar de lo mal que escribas te quiere, pero sobre todo, te lo dice.

Aprender a dialogar con los detractores y a no esperar sólo aplausos, es también virtud de un escritor y de un autor crítico.

 

julieta.lomeli.balver@gmail.com