Lo bello y lo triste

Largas filas de gente rara

En alguna feria del libro pude al fin escuchar al escritor que siempre soñé conocer. El afamado Claudio Carstens, dictaría una conferencia de prensa para hablar de su más reciente obra. Me alisté e incluso saqué a pasear aquellos lentes de pasta dura que fuera de una atmósfera intelectual no acostumbro usar. Llegué temprano, me senté en la segunda fila —en la primera estaba uno que otro personaje de la prensa oportunista con doctorado en opinología—. Mis ojos brillaban de la emoción, pero los lentes de pasta escondían muy bien mis delgadas cejas, lo cual me mostraba menos expresiva y por supuesto disimularían mi admiración ciega hacia Carstens.

Llegó la hora de la verdad. El novelista de los profundos temas: tales como los feminicidios en Canadá, la historia oculta de Groenlandia y el primero en denunciar la conjura de Marcial Maciel, no supo responder a las preguntas más básicas formuladas por un reportero. Dudas tales como ¿cuáles eran los seis libros más representativos que marcaron su vida?, y ¿en qué archivos se había inspirado para escribir sobre el sacerdote pederasta? En aquel momento, ante la ausencia de una respuesta lúcida, se me ocurrió que posiblemente a Carstens le escribían los libros. ¿Estaría yo exagerando?

Sobre este tipo de prácticas comunes en el oficio de escribir, trata “Largas filas de gente rara”, de Luis Jorge Boone. Una serie de cuentos que ejemplifican —bajo una amplia gama de matices—, los discutibles comportamientos que un escritor puede llegar a tener en aras de conseguir una sola cosa: el vil reconocimiento, incluso a expensas del trabajo ajeno.

Boone caricaturiza los vicios de un gremio —de los novelistas, prosistas,poetas y cuentistas—,que en ocasiones suelen convertirse en esclavos de su propio ego y no más bien en compañeros pasionales de  una amante exigente y celosa: la literatura. Porque escribir más que ser una cuestión de blofeo y auto-reconocimiento, es disciplina y talento.

“Largas filas de gente rara” nos enseña que hay varios tipos y subtipos de escritores. Como al que aún no le ha llegado su época. Éste que se adjudica libros ajenos para ligarse jovencitas y ensaya frente al espejo múltiples facetas para la solapa —siempre en potencia—, de su obra completa en pasta dura.

También se encuentra el arquetipo del joven promesa, el escritor que con su primera obra, creyó apartaba su lugar dentro de la historia mundial de la literatura. Éste que a la primera reseña de un crítico mala leche se derrumba en la más pueril neurosis, en la penosa obsesión de odiar a quienes lo juzgan una y otra vez.

Pero no dejemos de lado al escritor mesiánico, éste que logra superar la vulgaridad de los temas cotidianos, para adentrarse a una verdadera labor de compromiso social. El intelectual de las catástrofes, el de la denuncia permanente de un mundo cada vez más jodido. El escritor de las causas pérdidas que en cuanto se le pregunte ¿cómo lidiar y solucionar la problemática hostilidad sobre la cual habla?, él responderá indignado, que ya es mucho con haberse atrevido a levantar la voz, como para todavía inventar estrategias.

Boone tampoco olvida al autor sumamente prolífico, éste que en su año más lúcido, escribía un libro por mes. El autor que en los “quince minutos que dura el trayecto de la parada del camión a su casa, acumuló ideas para una novela y tres cuentos. Ah: y para minificciones, aforismos, bisutería y morralla”.

“Largas filas de gente rara”, es un libro escrito con astucia e ironía, que nos muestra de una forma muy divertida, las múltiples trampas efectuadas por un grupo de creadores que aún se sigue sintiendo privilegiado. Pero que definitivamente, no es más ni menos semejante que cualquier otro profesionista u hombre de oficio. 

Un examen de consciencia, nunca está de más. Así que cuidado escritores, porque sólo nosotros conocemos a fondo nuestros vicios y sabemos perfectamente en qué momento escribimos por vocación y con calidad. Pero también, cuando escribimos para ganar un premio, una beca, puntos para el Conaculta, o ¿por qué no?, para mantener un nombre público, aunque esto signifique pagarle a otros para que escriban nuestros textos.

 

julieta.lomeli.balver@hotmail.com