Lo bello y lo triste

Kawabata y Mishima, el amor intelectual

Yasunaria Kawabata es arrojado al mundo un 22 de junio de 1899. Osaka fue su primer hogar, aunque casa siempre fúnebre; quedaría huérfano a la edad de tres años y sería adoptado por sus abuelos. Siendo aún niño, lo asedia nuevamente la muerte ajena, su hermana fallece, y por salud mental no es llevado al sepelio. Llegada la pubertad la desgracia vuelve, sus abuelos serían cómplices de una muerte rápida. La soledad y el desasosiego se convertirán en los padres del escritor japonés.

En la vida de Kawabata no todo fue un desierto lúgubre, ya que a la edad de 45 años empezaría el vaivén de correspondencia con el entonces veinteañero Hiraoka Kimitake, que muy pronto sería conocido también en occidente con el nombre de Yukio Mishima, otro de los grandes escritores japoneses del siglo XX. Maestro y alumno se acompañarían líricamente el resto de sus vidas, su amistad sosegaría la soledad del primero, alentando el talento del segundo.

Las afinidades siempre se vuelcan hacia un sólo ámbito: o encuentras una comprensión intelectual, o por el contrario, descubres una afinidad emocional con el otro. Lo difícil es hallar ambas simultáneamente y en la misma persona. Pero si tropiezas con un tipo de afinidad electiva —al mero y literal estilo de Goethe, lo cual significa conocerse a sí mismo lo suficiente para después saber con quién puedes relacionarte de forma satisfactoria y sin frustraciones, dentro de una elección emocional e intelectual que pocos logran—, has sido demasiado afortunado para dejarla ir. Algo así pasó con la relación epistolar entre los escritores japoneses.

En un día melancólico Kawabata le escribe al joven talento: “Desde que supe que estaba de regreso, no deseo más que una cosa: verlo y charlar con usted. Ayer por la tarde, cuando salía para asistir a la ceremonia del premio Akutagawa, lo extrañé infinitamente”.

El carteo se interrumpe en 1970, debido a que Mishima decidió quitarse la vida acudiendo al tradicional y honorable hara-kiri junto a su entonces amante Morita. Dos años después de la muerte de su alumno, y cuatro posteriores de haber recibido el Nóbel de literatura, Kawabata decide también renunciar a este mundo, suicidándose un 16 de abril de 1972.

Ambos escritores compartieron la pasión por temas comunes como la muerte, la angustia, el heroísmo, la belleza corporal, y el dramatismo por vivir en un Japón cada vez más occidentalizado y alienado a los designios del dinero. También la trasgresión e indefinición sexual fueron tópicos recurrentes en sus novelas: no tuvieron problemas con ser apologetas de la bisexualidad. Al final, ambos eran novelistas liberales y controversiales para su época, para el Japón de su tiempo.

Mishima y Kawabata parecen convertirse en cómplices de un tipo de romanticismo contemporáneo, de una tristeza innata que traducen en sus textos. Año tras año sus cuerpos se desgastaban, pero también la emoción por seguir ocupando un lugar físico en el mundo. Dice Mishima en otra carta: “Cada gota de tiempo que se escurre me parece tan preciosa como un buen trago de vino, y ya he perdido casi todo interés por la dimensión espacial de las cosas”. Como si lo único que se mantendría fueran sus novelas, ambos deciden aniquilar su existencia material, dejando el testimonio de su vida en libros.

Una de las novelas favoritas de Mishima, escrita por su brillante maestro, fue Lo bello y lo triste (1965). Esta historia está protagonizada por Oki, un famoso escritor nacido en Tokio que un buen día decide viajar a Kyoto para visitar los antiguos templos y oír las campanas que anuncian el año nuevo. Un personaje ambiguo que en fondo realmente desea ver nuevamente a su examante, la todavía joven Otoko, ahora convertida en una pintora reconocida.

Es así como la mujer artista se encuentra con su antiguo amor, pero no lo hace sola, sino acompañada de su alumna y compañera Keiko, quien es ferviente y obsesiva admiradora de Otoko. La estudiante celosa hará lo posible por vengarse del amor que Otoko aún siente por el escritor. Dicha represalia llegará del modo más inesperado. Será entonces un desquite azaroso, un juego donde el mortuorio destino cobrará a quien quizá nada debía.

Lo bello y lo triste es una pasional y transgresora novela donde lo moral pierde su sentido ético, siendo sustituido por la seductora y desbocada sensualidad de sus personajes, para convertirse entonces en una trama que se saborea letra a letra sin prejuicio alguno.

¿Será acaso que la trama de dicha historia guarda entre sus letras —de modo implícito— el amorío intelectual y la admiración platónica fundamentada en la inteligencia y las cartas de ambos?