Lo bello y lo triste

Diatriba a la amistad

La soledad había sido para mí una exigencia personal, una herramienta valiosa que me ayudaba a no perder tanto tiempo en convivencias sociales y concentrarme en mis aspiraciones laborales y académicas. Seguía fielmente enseñanzas leídas en libros de filosofía, había encontrado en Schopenhauer —por ejemplo—, exquisitas líneas que justificaban mi pasión por no compartir más que cordiales saludos, tan sólo cuando la situación lo demandara. El filósofo alemán me enseñó a estar sola.

Mi soledad quedaba justificada con una alegoría constante que Schopenhauer me mostró en alguna página: proponía un escenario hipotético, en el cual uno se situaba en un espacio infinito, “bajo un cielo completamente despejado, con árboles y plantas en un aire quieto, sin animales, sin hombres, sin corrientes de agua, en el más profundo silencio”; en una atmósfera donde sólo existiera la contemplación y experiencia absoluta de nuestras propias pulsiones y pensamientos. Quien no fuera capaz de soportar dicha soledad estaría condenado al tormento del aburrimiento, del sinsentido y desesperadamente iría tras la búsqueda de algo o alguien con quien evadirse a sí mismo y pasar el rato.

Empero, aquél que pueda soportarse y soportar el espacio vacío, sin padecer un tedio insalvable, será poseedor de un enorme valor intelectual, del que en buen grado, “dependerá nuestra capacidad para soportar o amar la soledad”.

Nunca fue un problema sentirme sola, jamás me había importado hasta ese día que leí a Schopenhauer. Comenzó entonces una desazón indefinible, un tipo de angustia acompañada de comportamientos dependientes, que me condujeron a buscar amigos; sin embargo lo mío no era la empatía. Recorrí supermercados enteros, miré desde el inicio hasta el final de sus andenes, tan sólo añoré descubrir una mirada que me correspondiera.

No logré nada. Visité bibliotecas, sobre todo las salas donde se estaban los libros de etnología, pensando que si encontraba algún estudioso de dicha rama, me enseñaría a hacer amigos de todas las razas y pueblos. En ese pasillo no hubo nadie.

Una obsesión atravesó mi tranquilidad, una exigencia ajena me hizo tan infeliz desde aquel momento, que no sólo sentía mi soledad individual —causada por la incapacidad de adaptarme al mundo—, sino que también experimenté algo más grande que el drama íntimo de ser incomprendida. Padecía una—como la llamaba Cioran— “soledad cósmica”, que no estaba causada por algo y más bien era motivada por una “nada objetiva, como si el mundo hubiera perdido súbitamente todo resplandor”.

Tuve la impresión de no ser yo la única abandonada, sino que el universo entero lo estaba; todas las cosas ahí, existiendo sin ninguna finalidad, muriéndose y gastándose, yendo paulatinamente al precipicio, al abismal cementerio donde todo acaba. El cosmos “condenado a una soledad glacial”.

Volví con mi búsqueda callejera. Visité parques y nadie me miraba amistosamente. Pensé entonces en ir a un bar —ya que el alcohol es siempre un buen lubricante social—, sin embargo recordé que todas las relaciones hechas bajo el influjo de aquél suelen ser efímeras y yo necesitaba una amistad indeleble. De repente, en un café, encontré a alguien con manos solitarias, y una nueva voz, ahora menos ácida, me dijo al oído: “la inteligencia aísla, la estupidez congrega”. La filosofía vino una vez más a legitimar mi soledad, pero ahora de modo invertido: ¿soledad compartida? ¿Una sincera y eterna compañía?