Lo bello y lo triste

Amor y Agonía

A veces creo que enamorarse consiste en encontrar a alguien imprescindible. Difícil aspiración, teniendo afuera infinidad de opciones similares a nuestras demandas, ¿quién de esos muchos hombres y mujeres, será el apropiado para convivir —si no toda la vida—, al menos sí algunos años? Quién de esas posibilidades podría robarnos el corazón, a lo mejor todas son buenas, o ni siquiera alguna. Vivimos el amor como una lista de pendientes por rellenar, como una serie de características que el otro debe cumplir para resultar atractivo y parecernos considerable a una posible relación de pareja. Bajo esta perspectiva mercantil del amor y a pesar de las múltiples personas que hoy en día podemos conocer, nos resulta difícil enamorarnos.

Al igual que preferimos comprar un electrodoméstico en un lugar donde nos garanticen su funcionamiento de por vida, a adquirirlo en un mercado cualquiera donde el futuro del producto es incierto. De esta misma forma, estamos ligados al amor en forma de consumible, como un tipo de producto que nos debería garantizar una serie de resultados satisfactorios, un cierto placer mesurado. Las relaciones de pareja deben servirnos para algo, ya sea para acrecentar nuestro prestigio, nuestro círculo de amigos, las finanzas compartidas, no sé, cualquier cosa pero que sea útil, de lo contrario no lo queremos.

De semejante manera en que uno desea que el amante nos dé algo útil, el otro también desea que uno sea un generador maquinal de resultados y así las relaciones son un tipo de contradicción ridícula, convierte en días que se replican al absurdo, donde ninguno de los dos es suficiente, pero eso sí, ambos son prescindibles.

Pero como si no bastará ya con las múltiples muertes que la posmodernidad y el milenarismo teórico han traído, ¿podríamos pensar también en un tipo de muerte del amor? “La agonía del eros”, de Byun-Chul Han, es un himno a esta pasión derrotada, diluida en una centuria demasiado egocéntrica para enamorarse. De una sociedad excesivamente hipnotizada con el éxito profesional y laboral, como para perder el tiempo con dramatismos y negatividades que todo amor asegura. ¿Por qué traer el infierno del otro —éste que tantas veces Sartre advirtió— a nuestras vidas, si podemos seguirlas con la tranquilidad y civilidad que sólo puede garantizarnos la relación en soledad, e incluso la pasión certera de nuestro propio onanismo.

Para Han, el amor contemporáneo “se positiva hoy para convertirse en una fórmula de disfrute”, o dicho en otras palabras, se torna una aspiración de perfección, en el cual se borrará cualquier dilema o contradicción, para volverlo un presente de eterna satisfacción. Aquí no vale enamorarse de un imposible, ni de un hombre o mujer inconveniente. Si Werther hubiera vivido en nuestro siglo, se hubiera convertido en Albert, antes de ocurrírsele siquiera tener una amante y pobretear toda la vida.

Dice Han que “el principio del rendimiento, que hoy domina todos los ámbitos de la vida, se apodera también del amor y la sexualidad”. Aspirar a un erotismo complejo y que nos lleve más de quince minutos se vuelve casi inadmisible, pero no porque sea algo prohibido, sino tan sólo porque nuestra imaginación fue coartada por la obscena inmediatez. Es más fácil usar Viagra que ejercitar y cuidar el cuerpo; es muy sencillo ver al otro como un ente disponible, como un objeto de placer, que dialogar y estimularse mutuamente. Es más fácil pues, la aparente relación de pareja que en el fondo está conformada por un hogar con dos personas antagónicas, juntadas tan sólo por una cama o un contrato.

No sé qué tan factible sea enamorarse en esta época, o incluso tomarse en serio la sentencia de que exista una agonía del amor, sin embargo se puede decir tanto al respecto, que el libro de Han no muestran más allá que la metástasis repetitiva del problema del Eros. El ensayo de Han —promesa joven de la filosofía mundial—, no parece tejer una reflexión profunda, sino más bien, es nuevamente un pastiche sobre el asunto, que no es ni más complejo ni más bello que leído en palabras de Lévinas, Heidegger o RolandBarthes.