Lo bello y lo triste

Amar como método de estudio

“Nuestra querida y pequeña Regine”, es uno de los elogios amorosos que Sören Kierkegaard, el filósofo danés, escribe a su novia en alguna de sus cartas. El lenguaje interpelado por Sören, parece demostrar una supremacía intelectual sobre su interlocutora, de quien por cierto no tenemos ninguna carta. Se desconocen las respuestas o influencia que los epistolares causaron sobre Regine. Sin embargo, las palabras de Kierkegaard bastarán para desarrollar una reflexión propia sobre el amor, tema principal de sus epistolares.

Pareciera que el destinatario de las cartas no es Regine, sino todos nosotros: lectores futuros, especialistas y aficionados de la filosofía del danés. Ella es sólo el pretexto para desarrollar una serie de disertaciones acerca del erotismo. Kierkegaard hace de su enamorada un objeto de estudio, desde el cual nos ejemplifica los modos auténticos para amar a una persona.

Para Sören, el amor ideal deberá ser de carácter platónico. Más allá de pretender compartir su vida con otra persona, el filósofo apostará a la exacerbación teórica de su objeto amoroso, al perfeccionamiento teórico de su enamorada, imponiéndole una serie de categorías estéticas a la impecable Regine.

No por otra cosa Kierkegaard siempre hablará de “la niña”, su niña Regine, ésta que describe como una mujer muy joven, amable, simpática y sobre todo, ingenua. Su novia ideal es aquélla capaz de reservarse cualquier juicio negativo sobre la labor del filósofo, al punto de admirarlo por ser quien es, pero al mismo tiempo, sin lograr comprender realmente la profundidad intelectual de su enamorado.

Sören idealiza a su prometida, la describe a su manera, dibuja su amor desde su muy particular punto de vista. Porque de hecho, no hay otra forma de comprender al amor, si no es desde una subjetividad individual, a partir del eco distorsionado de la primera persona: del yo enamorado que se enfrenta a la relación con otro, con el enigma.

Por mucha pasión que un enamorado sienta, al final siempre existirá el eterno drama de no poder poseer al amante en su totalidad, y a lo mejor, ni siquiera en cada una de sus mínimas partes. Kierkegaard es consciente de ello, pero parece encontrar una solución para lograr que Regine sea suya: recordándola al instante y una y otra vez en sus textos.

El amor se teje con el delgado hilo de la memoria, se alimenta del imaginario que nos hace creer que el otro se encontraba ahí con nosotros, porque nosotros teníamos la firme convicción de estar ahí para aquél. Evocar el momento del maravilloso encuentro con el enamorado, es anular el tiempo cotidiano para trasladarnos a un comprensión idealizada de la temporalidad, del beso temeroso, o del primer orgasmo. El tiempo idealizado nos deja sentir que aunque, como escribe el filósofo, “el feliz instante fuera efímero, sin embargo fue suficiente para una eternidad”.

De tal manera, Kierkegaard le pide a Regine que en sus tiempos libres lo piense libremente, lo más intensa y pasionalmente posible, teniendo la firme convicción de que él también comparte con ella, en la lejanía, sus ocupaciones, su rutina. La forma auténtica de amar al otro, es dejándolo libre en sus quehaceres, pero sometiéndolo y haciéndolo de nuestra pertenencia en el recuerdo propio.

Si el amor es libre, por lo tanto, no puede forzarse y el día que cualquiera de los amantes decida romper con la historia, él otro no deberá oponerse a dicha elección, aunque en el fondo no lo haya dejado de amar. Algo así pasó con Kierkegaard, quien decidió cortar abruptamente con  Regine, poniendo fin al compromiso de casarse con ella.

Sören Kierkegaard tenía veinticuatro años cuando conoció a Regine Olsen, quien era una década menor que él, ambos se encontraron en 1837, tres años después deciden comprometerse.Pareciera que todo iba viento en popa, pero como buen filósofo, siempre acostumbrado a las extravagancias, decide olvidar el vínculo amoroso y emigrar a Berlín en 1841.

 

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