Articulista invitada

Las aristas de un conflicto

La académica responde al embajador de Palestina en México, Mohamed Saadat, a propósito de un texto aparecido en días recientes en este mismo espacio

Con gran sorpresa y desazón he leído el artículo del embajador de Palestina en México, el sr. Mohamed Saadat, titulado “A 69 años de la Nakba, Palestina aún espera”, publicado el 15 de mayo en el periódico MILENIO. En tiempos en los que el diálogo y la negociación entre los dos actores principales del conflicto palestino-israelí se hace impostergable para encontrar una solución justa, el reconocimiento del Otro se exige. Hablar de las “bandas sionistas”, definir al movimiento nacional judío como un “proyecto colonial y expansionista”, referir a la creación del Estado de Israel como resultado de un proyecto de masacres, asesinatos y destrucción es continuar alentando narrativas históricas de negación y rechazo. La descalificación y extrañamiento, así como una lectura no fiel de este prolongado y doloroso conflicto para ambos pueblos en nada abona a la comprensión requerida.

Si bien, como muchos otros conflictos que se han perfilado en el Medio Oriente, éste es fundamentalmente político, sus raíces históricas, su permanencia y su profundidad incorpora dimensiones y móviles étnicos, religiosos y nacionales. Por ello me permito convocar a un abordaje responsable, que supere la satanización y aporte al análisis, complejo ciertamente, pero necesario.

El sionismo no fue un proyecto colonialista de despojo; surgió como opción de definición de la vida judía de acuerdo a sus condiciones históricas de exilio originario y dispersión, siguiendo las concepciones ideológicas y culturales vigentes en el siglo XIX. De frente al carácter excluyente de gran parte del nacionalismo moderno, aspiró a ser un movimiento de liberación nacional que accediera a la soberanía política del pueblo judío en la tierra de sus antepasados, cuya vigencia real y simbólica estuvo nutrida por las raíces de su pasado bíblico. Simultáneamente, fue un proyecto de reconstrucción y renacimiento cultural que buscó un aggiornamento del judaísmo, su renovación lingüística, la productivización del trabajo hebreo y la creación de una nueva sociedad. Fue una arena plural de proyectos y debates de las más variadas tendencias: desde quienes aspiraron a llevar la modernidad occidental a la región, hasta quienes buscaron en la construcción de la nueva sociedad la posibilidad de emancipar al proletariado judío y al árabe —ambos por crearse—. 

El encuentro entre las poblaciones se definió en sucesivos periodos. Lo cierto es que desde el inicio hubo contactos, acercamiento y diálogo: de colaboración en torno a cuestiones de seguridad con la población palestina durante el Mandato, diálogos con el rey de Jordania Abdalah I, con el rey Faysal (de Siria e Irak). El rechazo a descubrir la dimensión de movimiento nacional del sionismo por parte del mundo árabe y palestino, su percepción como movimiento colonialista de expansión y el no reconocimiento como sociedad y Estado han conducido a sucesivos fracasos de opciones políticas, el principal de ellos: el rechazo a la resolución votada por la ONU del 29 de noviembre de 1947 de partición de dos Estados, uno judío y uno árabe. A su vez, el ascenso del nazismo, la creciente conciencia de que Palestina era el lugar natural para el refugio de los judíos, cuya situación de deterioro había diagnosticado el sionismo y las crecientes restricciones a la inmigración por parte del poder mandatario, condujeron a que gradualmente la prioridad o posibilidad de alcanzar un entendimiento con la población árabe se viera desplazada.

Intereses, actores y demandas cruzadas suman complejidad. La causa palestina fue un recurso de unificación del nacionalismo panárabe y no logró modificar las relaciones de dependencia de los intereses del mundo árabe. Para Israel, el conflicto con el mundo árabe en general y con los palestinos en particular, no ha sido un conflicto más en su existencia independiente sino el decisivo y su desarrollo ha afectado partes centrales de su vida nacional.

A través de sucesivos ciclos de confrontacion y diálogo, cada parte actuó dentro de los límites que sus estructuras e instituciones le permitieron. Mientras que en el caso israelí la alternancia política —criatura de la democracia— marcaría las sucesivas discontinuidades del proceso de paz, en el caso palestino la no voluntad de pagar el precio de la alternancia política explica en gran parte la radicalización creciente, la permanencia del liderazgo, el ascenso del fundamentalismo, con su acceso a la dirección política con Hamas en Gaza y con Hezbollah en Líbano.

Hoy, frente a la imperiosa necesidad de revertir décadas de sucesivos ciclos de violencia y diálogo, la prudencia en la lectura de la historia contribuye a un presente proactivo. Los cambios en la región y en el mundo se expresan en procesos contradictorios: por una parte, surgen novedosos ejercicios de voluntad política; por la otra, persisten y surgen actores radicalmente opuestos a este ejercicio. Es en el marco de la construcción de entendimientos políticos, que la posibilidad de leer el pasado con conciencia de su diversidad y complejidad puede resultar fundamental.

* Profesora titular de la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales de la UNAM.