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Un regalo inusitado para Navidad

Algunos fabricantes de zapatos, antaño, solían agasajar en tres momentos del año a sus obreros: los regalos iban desde un aguinaldo bien remunerado con una canasta navideña pasando por un bono económico para Semana Santa, hasta llegar al uniforme oficial de la fábrica y un distintivo con la imagen de la virgen de la Luz y estampas alusivas a la visita en Catedral. Todo para testimoniar que el patrón era uno más de ellos, su parigual pues, y formaban un todo. No una masa —como ahora— sino un solo cuerpo en el mare nostrum del Bajío.

Pocos patrones se atrevían dejar en el desamparo absoluto a los obreros —como ahora también—. Aun cuando estos últimos se fugaran los lunes al cine (de aquí surgió el tan socorrido san Lunes leonés) y el viernes por la tarde-noche a la cervecería —con todo y raya «la paga semanal»— para recalar el sábado, a veces con los hijos del patrón, en el campo de futbol de la Martinica, con la crudeza de ser un peladito «proletario» más, para luego aventurarse los domingos al llano y reconocer, de martes a viernes, que su mentor era "alguien" como ellos, aunque tenía la ventaja de ser, se sabía, letrado.

El dueño, ya de por sí una figura paternal, hacía las veces de intermediario entre Dios y el Diablo en los avatares de sus agremiados por los conflictos preconcebidos.

Los obreros acudían sin temor a confesar sus (mortales) cuitas y el patrón, luego de escucharles, recomendaba visitar al capellán en turno para que les jalara las orejas cuantas veces fuera necesario sobre todo a los que rompían el juramento, dado en el santuario de Guadalupe con el apóstol de borrachines el padre «Zeferinito» Martínez, S.J., de no beber más alcohol.

Uno de esos patrones era Sergio Padilla que bajo el amparo de la fábrica de calzado SERPAD —junto con los miembros de su familia, incluido Ramón Ascencio— decidieron un buen día obsequiar algo más, en la Navidad de 1967, que la canasta obligada y demás enseres.

El regalo fue, un libro, inusitado: Vida de Nuestro Señor Jesucristo en 80 láminas de colores de W. Hole y a más de algún obrero le provocó, volver al redil pero también, una curiosidad cultural rampante.

Se trata de una magnífica obra publicada por la Editorial de la Buena Prensa en febrero de 1963 con un tiraje de 2 mil ejemplares.

En la "Nota preliminar" del libro aludido se aclara que "las 80 láminas de este libro reproducen en color las acuarelas del célebre pintor W. Hole. Apareció este trabajo artístico por primera vez en Inglaterra, se reprodujo en Francia y después en España en 1916 y ahora en México, pues la edición española desde hace tiempo está agotada".

El pintor, protestante en religión, "se esforzó en presentar (...) el aspecto peculiar de aquellos paisajes, copió los trajes y habitaciones y reprodujo las magníficas tonalidades de color originadas por la magia de un sol que luce con peculiar esplendidez durante diez meses del año" en la Palestina.

La "Introducción" escrita por José María Bover, S. J. es una interesante guía geográfica, histórica y que socialmente describe la también llamada tierra de Promisión. Abunda en el reconocimiento de las láminas y a su vez ofrece, a partir de la explicación de los Evangelios, detalles extraordinarios tanto del pintor como la necesaria disposición de las escenas más variadas e interesantes del profeta de Galilea.

El trabajo del artista es de una verdad y realidad admirables.

En su conjunto la obra lleva consigo la tradición de la buena hechura de los libros. El trabajo del P. Wifredo Guinea, como editor y responsable de la Obra Nacional de la Buena Prensa (fundada en Enero de 1936), es notorio.

La publicación caló hondo en los obreros adscritos a calzado SERPAD.

Muchos de ellos veían por vez primera una escena del Evangelio fuera del acostumbrado cuadro del templo. Y más aún veían "diferente" a Jesús el Cristo situado al lado de hombres y mujeres con gestos y actitudes tan cercanos a su entorno laboral.

El libro supo ganar lectores que con el paso del tiempo se transfiguraron en leyentes consuetudinarios y atrevidos visores de arte a la medida de sus posibilidades.

Los zapateros valoraron el regalo y compartieron con el patrón y su familia el misterio de la Trinidad, «Deus et uno et trino, laus sempiterna», propagado tan bien por Ángel Ma. Garibay, S. J. notable literato mexicano, para abonarle hoy a la sonada Cuaternidad católica.

Su generación supo transmitir la aculturación no solo del país divino –hablo de Palestina– a sus hijos y ahora a sus nietos sino también a su labor obrera, a la manera del verso del Virgilio el trabajo todo lo vence, aunado a la dedicación de ver al hombre como un libro: su nacimiento es la portada; su bautismo, la dedicatoria; sus gritos y gemidos, la advertencia al lector; su infancia y niñez, el argumento y contenido de todo el tratado siguiente; su vida y sus acciones, el asunto; sus crímenes y errores, las erratas de la imprenta; su arrepentimiento, la fe de erratas...

Calzado SERPAD como muchas fábricas de zapatos en León tuvo su transformación y derivaciones. Ahora no existe, es verdad. Queda sólo en la memoria de sus trabajadores. Allí se formaron obreros que hacían su honrado trabajo de cada día y dieron gloria a esta industria y ciudad.

De aquella lejana Navidad de 1967, con un libro bajo el brazo y con el alma de la belleza, que consiste en la expresión, los obreros y empleados administrativos de SERPAD junto con los patrones Sergio Padilla y hermanos; Ramón Ascencio y familia ligaron, viendo hacia el Oriente, un corazón recto que los honra a la distancia, pues mi padre guarda con recelo uno de los ejemplares de W. Hole.