Los que están mirando

Los filiales del Hada glauca contra la Cultura

El anuncio de la salida de Alonso Escalante Mendiola como director general del Teatro del Bicentenario me lleva a pensar lo vulnerable que somos los trabajadores de la Cultura.

También a reflexionar que desde la consejería ciudadana se confunden los usos y costumbres, por no decir los hábitos, que los funcionarios públicos y especialistas en la materia tienen y se apropian de su identidad para colocar su pertenencia. Con ello pretenden "guiar la política cultural" sin conocer los cómos y paraqués de la misma.

Recordemos de manera básica que el término de política cultural designa a una zona muy diversificada de programas, proyectos y acciones culturales generados por gobiernos federales, estatales y municipales, por universidades y por empresas privadas (Carlos Montemayor dixit).

Ahora bien, de las muchas definiciones de Cultura —miles para atender asuntos de números— para efectos prácticos aplica la del "cultivo y abono de los espíritus" porque habla de veneración y protección.

Deriva desde luego que "la Cultura, pues, es un asunto de autosuperación, pero también de autorrealización. Eleva al yo, pero también lo disciplina, uniendo lo estético con lo ascético. (...) la palabra «cultura» nos transporta de lo natural a lo espiritual, y en esa medida sugiere una afinidad entre dos ámbitos. Somos seres culturales, pero también somos parte de la naturaleza sobre la que ejercemos nuestro trabajo". (Terry Eagleton, La idea de cultura, 2001, pp. 11, 17-18).

En este sentido habrá que recordar que para ser ciudadanos primero debemos ser personas y también decir que "el Estado encarna la cultura que, a su vez, es la plasmación de nuestra común condición humana".

Así pues "poner la cultura por encima de la política —ser primero seres humanos luego ciudadanos— significa que la política se debe mover dentro de una dimensión ética más profunda, sirviéndose de los recursos de la ley de cultura, de los planes de desarrollo, y formando individuos para convertirlos en ciudadanos". (La idea de cultura, p. 19).

De ahí que la disociación de la cultura con la sociedad, a partir de la conclusión del ciclo en la dirección del Teatro del Bicentenario, bajo la noticia de que "se generó el acuerdo conjunto" por las partes involucradas, no se tenga ni la inteligencia, la información y el método para permitir que la solvencia del trabajo del funcionario cesado, sea importante para la administración pública y en general para nuestra sociedad. Porque se desecha de facto lo que somos y lo que podemos ser en este rubro. Quiero decir, el ideario de trabajo serio, honesto y responsable en la materia se merma por "el instante de la hada glauca". O sea, un instante de simples discursos donde la meritocracia permea nuestra política cultural.

El desconocimiento de unos y otros funcionarios públicos, del Fórum Cultural, del Estatal de Cultura así como del Gobernador del Estado —éste último se deslindó del asunto muy pronto—, del término y ejercicio de la política cultural así como del concepto de Cultura, no es más que la supeditación del polvo de los olvidos sobre los encantamientos del arte.

"Él ni los veo ni los oigo", llega a nuestros oídos, hablo de los ciudadanos de a pie, por ende, de los usuarios del Teatro del Bicentenario y del complejo del Fórum, y es contundente. Sólo hace homenaje a los 25 años de la llamada concertacesión donde el gobernador interino del Estado bajo la "consejería ciudadana" anunció la salida de Sergio Cárdenas al frente de la Orquesta Filarmónica del Bajío y de paso borró a la misma por "cumplimiento de sus facultades y atribuciones.

La salida de Alonso Escalante Mendiola es también la preparación, por el reacomodo paulatino que llevan, para la llegada del nuevo gobernante. Los filiales del hada glauca se mueven para que los vean y los tomen en cuenta. Pero el desastre cultural, desde León para todo Guanajuato, comienza por avisar que "en cumplimiento de sus facultades y atribuciones" se pueden generar acuerdos conjuntos.

La "concertacesión" está más viva que nunca y más perversa que ayer.