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Los “no lectores”, la lengua extranjera y el presidente Juan Donaldo Trump

Dentro del programa de adquisiciones de libros, en la pasada Administración Municipal 2012-2015, se compró el magnífico acervo de Miguel de Cervantes Saavedra que edita el Museo Iconográfico del Quijote (MIQ) de don Eulalio Ferrer ahora con la dirección de Onofre Sánchez Menchero, para las 22 bibliotecas públicas de la Red Municipal.

Lo anterior a propósito de la conmemoración del IV Centenario de la publicación de la segunda parte del Quijote que daría pie a dar seguimiento al IV Centenario de la muerte de su autor, hechos que no tuvieron repercusión con los titulares de Bibliotecas y Educación (2015-2016 y lo que "¡va qué va!" del 2017).

Seguro permeó, para no dar continuidad al programa establecido, aquella singular queja que un grupo de usuarios (señoras las más) adscritos a la Biblioteca Marcos F. Aguayo Durán (Barrio de Arriba), dirigió al Alcalde en turno (octubre de 2015) con el afán de señalar un desacierto en la operación.

Las señoras solicitaron que se compraran libros (como los de matemáticas) que entendieran sus hijos ya que los recientes ejemplares, como la Edición Guanajuato del Quijote, no se podían leer porque estaban escritos en una lengua extranjera.

La señalada lengua foránea era el castellano: el dialecto románico nacido en el Reino de Castilla durante la Edad Media que, con el paso del tiempo, tuvo su enriquecimiento con el habla cotidiana y el agregado de palabras en lengua sefardí que influyó de sobremanera en el quehacer literario de Cervantes y que por su expansión ahora hablamos más de 500 millones de personas en el mundo con sus respectivas declinaciones.

Ahora el presidente de los Estados Unidos de América Donald J. Trump declina nuestro castellano (más bien el español) al repercutir sobre la página oficial de la Casa Blanca en la web.

¿Qué significa esto? A mi parecer una nueva lectura de la historia pues, de manera paradójica, es en el tercer país de la frontera (sur de los EE. UU.) donde nuestro español tiene mayor crecimiento.

Nuestra lengua extranjera oferta un sinfín de conocimientos. Sus hablantes son dinámicos y por ende la transmisión de la cultura esparce sus ramas y frutos para afianzar su raíz.

Para los "no lectores", como las señoras aludidas y funcionarios referidos o el propio Juan Donaldo Trump, el spanish (en inglés); o el espagnol (en francés); o el Spanisch (en alemán); o spagnolo (en italiano) es vago. Es una lengua menor, dicen. No entendible. Aunque valga la mención, paradójicamente, "nuestra lengua se puede nombrar español o castellano, resulta preferible el primer vocablo por carecer de ambigüedad".

Pero más allá de crear un quiebre, por la falsabilidad al declarar como lengua extranjera al español y a su vez considerarla lengua mínima, el ejemplo paradigmático salta a la vista, al recordar a dos autores fundamentales para alcanzar ciertas reglas que contribuyan, desde los hablantes, a las ciencias del lenguaje.

Don Antonio Pompa y Pompa historiador guanajuatense ha dicho que la mejor zona de mestizaje en la Nueva España fue el hoy Bajío mexicano. Y allí va implícita la lengua de Cervantes.

Pocos años más tarde (1948) Peter Boyd-Bowman lingüista estadounidense escribió que el mejor español, venido del Reino de Castilla, se habla por estos rumbos.

Así que los funcionarios y "no lectores" de bibliotecas junto con el presidente Juan Donaldo Trump "no lector del mundo", hacedores de manualidades, son un peligro para nuestra lengua quijotesca.