Los que están mirando

¿Sabrán los indigentes intelectuales qué significa hacer ciudad a través de la poesía?

Algunos jóvenes “especialistas” del rumbo —becarios y ganadores de premios literarios recientes así como autores en la web— afirman que los escritores del Bajío, sobre todo los románticos (tardíos) y modernistas de la primera mitad del siglo XX, construyeron una literatura ambigua y sin carácter. La poesía, en concreto dicen, quedó atrapada por el ardid quijotesco, o aun más por el arrebato citadino de Rubén Darío.

Las voces jóvenes actuales no ven, por ignorancia, la intensidad con que los hacedores de literatura (por ejemplo: José Rosas Moreno, Vicente González del Castillo, José Ruiz Miranda, Fidel Sandoval Ponce, entre otros) pugnaban con fuertes arrestos literarios su presencia en los medios de comunicación de la época: diarios, revistas y libros; además de la conformación de agrupaciones (la Aurora literaria, la Trapa, Oasis, etc.) que facilitaron el ejercicio de la crítica literaria, que lleva a sostener más y mejor una literatura precisa y con proyección mayor —incluidos los no lectores—, para la comunidad, sin olvidar los concursos.

José Fidel Sandoval Ponce (1899-1970) entra, por decirlo de alguna manera, a las justas literarias con una poesía impoluta llena de “conciencia profesional” sin dejar de la mano su ministerio sacerdotal y aludir, a lo que don Manuel Azaña decía con fuerza: “El escritor debe, pues, ser pobre; solo el pobre puede ser honrado”.

La vocación del poeta Sandoval Ponce lo coloca entonces en incólume virtud para ejercer la labor de redargüir (hay que leer Job 15 verso 3 para acercar este asunto) la calidad de las obras. Y de paso anticipar que se hace ciudad a través de  la poesía.

Para el autor de A mi tierra natal (1948) —serie de siete sonetos que miran a la ciudad desde dentro, del cual sigue pendiente una esmerada edición que incluirá otros poemas elegíacos—  el asunto de la honradez es vital puesto que no se inclina en halagos a lo suyo. Al contrario, deja que los interesados descubran el paisaje propuesto con palabras. Luego insiste hacer (formar) ciudadanos (lectores) que descubran con libertad la ciudad que queremos. Aunque habría que insistir que cada cual concibe la sociedad en que desearía vivir para hacer ciudad.

Así pues, el poeta no solo conoce a la ciudad de “oídas” sino que la ve con ojos propios y por eso se reconoce así mismo: hace ciudad envuelto en poesía y en verdad.

Sandoval Ponce arrebata los momentos profundos y capitales de León (tradiciones y tragedias) además de la incertidumbre del progreso que impondrá, en su momento, términos como plusvalía, o las nuevas vitaminas para el pueblo, para hacer notar que la ciudad arredra un nuevo paisaje social, cultural y urbano.

Pero el escritor sobrevive a las limitaciones y desde el Ministerio de Poesía ejerce su quehacer como compañero de viaje rumbo a la antesala del Universo.

El cantor del León de Anáhuac se convierte luego en un fastuoso guía que enlaza a los habitantes de ayer con los de ahora por medio de su escritura. Por eso qué bueno que don Xavier González y otros amigos, beduinos todos de la literatura y las bellas artes, lo recuerden con un homenaje perenne dedicándole una sala que lleva su nombre en la Casa de la Cultura “Diego Rivera”.

En verdad lo merece ya que fue “un poeta revolucionario en su época así como un depurador del idioma y hasta un neologista empedernido”, según escribió el profesor José de Jesús Ojeda Sánchez.

El poeta Sandoval Ponce, artista de la sugerencia (Alfonso Macías Chávez dixit), merece la edición completa de su obra que abone a los habitantes de la ciudad que tanto amó y caminó.

¿Sabrán los indigentes intelectuales qué significa hacer ciudad a través de la poesía?