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Centenario de la Ciudad de León como capital del Estado

De todos es sabido que la cincuentena de vecinos fundadores de la villa de León (1576) buscó la parte más cómoda y conveniente para dicho sitio. Luego, sobrevino la medición y traza de una plaza de 365 pies en cuadro. Derivó de lo anterior las casas de justicia y de cabildo y cárcel y mesón y solares y para tiendas y otras cosas necesarias para el ornato…

Así, el mandato virreinal de don Martín Enríquez de Almanza se cumplió a cabalidad y con ello el intento de la pacificación de los indios “guamares y guachichiles los más insistentes en pelear” para salvaguardar las minas de Guanajuato y Comanja.

Cuatro años más tarde la villa fue elevada a la categoría de Alcaldía Mayor (1580) y al  paso del tiempo la tierra de los leoneses prosperó y fue ratificada, de manera jurídica, hacia 1712. Un siglo y tres lustros y algunos meses más, por decreto del Congreso Constitucional del Estado, se le dio el título de Ciudad (1830) agregándole su notable apellido: “de los Aldamas” (así en plural por el estilo semántico del siglo XIX) por Juan e Ignacio Aldama también padres de la Patria. 

El barón de Humboldt, en su Ensayo político (1814; 1822 en español) describió a León como “un llano por excelencia fértil en trigo. Desde esta villa hasta San Juan del Río es donde se encuentran los mejores campos de trigo, cebada y maíz”.

Pero también, en otro atrevimiento del estudio de una intención razonadora, diría Silvio Zavala, y con la observación del viajero jesuita Federico C. Aguilar “León es en todo la antípoda de Guanajuato; ciudad que se levanta en una profunda cañada y se escalona en las áridas faldas de los altos cerros porfídicos y argentíferos de la Sierra Madre”.

 En otras palabras: mientras en León se hablaba de refugio y prosperidad para los bienhallados; en Guanajuato se conmovían, las buenas conciencias, con los pelados que traían calzón de manta y el jefe municipal en turno lanzó su “ley de los pantalones”. Pero como bien apuntó la conseja popular la calentura no está en los calzones sino en el mezcal. Y allí quedó la mentada ley con el abono al comercio de la época.

Ahora bien, en los llanos de León, ya entrado el siglo XX y con las exploraciones anarquistas de los hermanos Flores Magón junto con Francisco Manrique y Práxedis G. Guerrero la Revolución mexicana entró al pie de la mesa de las masas.

Los alzados dominaron trenes y caminos. Atrás dejaron la tierra productiva y con ella los carros de cuatro ruedas. Encontraron los incipientes aviones que lograron reconocer desde el aire otro dominio terrenal. Los villistas entonces llegaron e hicieron de las suyas: de noviembre de 1914 hasta julio del 15.

En ese trance el Coronel Abel Serratos llegó a ser Gobernador del Estado y elevó, por decreto gubernamental, a la ciudad de León a capital. Era viernes 29 de Enero y por esos días, tanto Renato Leduc heliografista de Pancho Villa y el doctor Mariano Azuela hacían de las suyas: sobretodo practicar sus golpes de fortuna. La Casa de las Monas, aquella que grabó José Guadalupe Posada con maestría (1876) para la posteridad, fungió como sede del Palacio de Gobierno. Parecía el orgullo y la avidez de los señores de pueblos. Es decir, en tono admonitorio, la revolución bien que hizo justicia a los leoneses un buen tramo del año con todo y Ley Agraria. Con la caída de Villa y sus Dorados y el repunte de la División de Oriente con el general Álvaro Obregón ya sin el brazo del triunfo y ausente de la lucha fraticida, los constitucionalistas llegaron para quedarse. Hilario Medina, Antonio Madrazo, Santiago Manrique y Vicente Valtierra fortalecieron la Carta magna desde el Bajío mexicano.

Y León con marcha triunfal y en completa libertad supo lo que es ser capital de la historia hasta junio 5 de 1915.

* El autor es editor y poeta leonés. Actualmente dirige la Red Municipal de Bibliotecas Públicas de León y prepara la revista de poesía Aquí taller.