Doble Fondo

La traición nocturna de los soldados en Tlatlaya…

A causa de los crímenes de unos cuantos, el Ejército no puede ser visto como un ilegal y delincuencial ente que miente, tergiversa hechos, modifica escenas de crímenes para ocultar violaciones a los derechos humanos.

El martes pasado el presidente de la Comisión Nacional de los Derechos Humanos, Raúl Plascencia, presentó la Recomendación 51/2014, relacionada con los hechos ocurridos el pasado 30 de junio, cuando, luego de ser agredido y después de un enfrentamiento con civiles armados, un grupo de ocho elementos del Ejército, perteneciente al 102 Batallón de Infantería, privó de la vida a 22 civiles en una bodega ubicada a las afueras del poblado San Pedro Limón, en el municipio de Tlatlaya, Estado de México.

A pesar de que Plascencia había afirmado previamente que se trataba de un enfrentamiento y no de una escaramuza y una posterior ejecución, rectificó y aseguró que la CNDH logró acreditar que algunos soldados mataron “arbitrariamente” a personas ya sometidas y rendidas, luego de un enfrentamiento que duró de cinco a diez minutos. A similar conclusión había llegado ya la PGR en días previos, así que a Plascencia no le quedó otra que desmentir... su propio dicho.

Los sicarios que estaban ahí (dudo que sus armas largas nada más fueran para cuidar parcelas de amapola en la zona), en esa bodega, tuvieron los arrestos para agredir al Ejército. No eran hermanitas de la caridad. Los soldados repelieron el ataque y al parecer solo uno de los criminales (una mujer) murió en la escaramuza (ya dirá la PGR), durante la cual un militar resultó herido. Luego los delincuentes se rindieron. Ahí debió quedar todo, por más que los soldados estuvieran furiosos ante la agresión y el daño causado a su compañero herido por los presuntos miembros de los Guerreros Unidos que operan en esa zona colindante con Guerrero.

Pero no: la indisciplina, estolidez y vileza de esos militares se convirtió no solo en un crimen, sino en una dolorosa traición hacia el Ejército. Una traición que resulta más dañina que muchas celadas. Una traición que perjudica la imagen de la institución. Y no solo eso: beneficia a criminales, los coloca en el sitio de las víctimas, pese a que, como ya comprobamos ahí cerca, a unos 150 kilómetros, en Iguala, los narcos son monstruos despiadados que, sí, dan ganas de no tener piedad con ellos. Pero no, el Estado, aunque sí puede, no debe hacer eso, por más deseos que se tengan de escarmentar a los canallas, por más desesperado que se esté ante la ruindad de los criminales.

El otro efecto negativo de esta estulta traición consiste en las dudas que puede generar en la tropa: ¿cuántos soldados pensarán cinco veces antes de jalar el gatillo en un enfrentamiento con criminales? ¿Cuántos soldados preferirán abstenerse de confrontar delincuentes por temor a que éstos sean colocados como víctimas si caen abatidos?

El viernes pasado el secretario de la Defensa Nacional, el general Salvador Cienfuegos, exhortó a los miembros de las fuerzas armadas a no rebajar sus actos a niveles que son propios de los delincuentes. Así, literal, lo dijo. Y agregó: “No podemos combatir ilegalidad con ilegalidad”. La posición del Estado mexicano tiene que ser así de firme.

Por eso la gravedad de la traición de quienes participaron en la noche de Tlatlaya (y de quienes los encubrieron durante meses), porque, a causa de los crímenes de unos cuantos, el Ejército no puede ser visto como un ilegal y delincuencial ente que miente, que tergiversa hechos, que modifica escenas de crímenes para ocultar violaciones a los derechos humanos.

Que no se vuelva a repetir, nunca, por más furiosos que estemos todos con los monstruosos criminales y por más ganas que tengamos de ejecutarlos…

jpbecerracostam@prodigy.net.mx

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