Doble Fondo

Ayotzinapa, la tragedia que ya se jodió…

Unos días después del horror de 26 y 27 de septiembre de 2014 estaba yo en Ayotzinapa. Eran días de azoro, de tratar de entender la atrocidad. En esas horas, cuando apenas tomaba forma el monstruoso rompecabezas, intentaba plasmar en croniquitas el desgarramiento de algunos de los familiares de los normalistas. El 8 de octubre me sentaba con una de las madres sin hijo que, como el resto de los padres, se aferraba a la esperanza de que su descendiente estuviera vivo 11 días después de que había desaparecido. Tecleaba yo...

"¿Cómo se habla con una madre mutilada así? ¿Qué se le pregunta a una mujer que cada minuto implora para que su hijo esté vivo? ¿Qué se le dice a una madre que respira tan lentamente que parece que se desvanecerá en cualquier instante? ¿Cómo se entrevista a una madre temblorosa, que apenas puede ponerse de pie, que a veces mueve los labios para intentar hablar, pero que no lo consigue porque su voz sufriente se niega a existir?

"Ahí está ella, la madre de Ayotzinapa sin hijo, sentada junto a una fuentecita seca, alejada de los demás, con la mirada clavada en la nada, al igual que otros padres que aguardan. Dos de ellos, padre y madre, ponen una tercera silla entre ambos, como si su hijo pronto fuera a llegar. La silla queda vacía toda la mañana. ¿Qué hacen esos padres que apenas hablan y comen, que andan por ahí, taciturnos, errantes, exhaustos, casi difuminándose cuando se sientan a la sombra de árboles? Esperan. Esperan que su fe, que su esperanza, se materialice en la súbita aparición de sus hijos. De cuando en cuando voltean hacia las aulas, como si fuera posible que de uno de esos salones fueran a salir sus hijos...".

Luego de esa introducción publicaba el soliloquio de dolor de la madre que, en medio de llantos, una y otra vez volvía a lo mismo: a la esperanza de que su hijo estuviera vivo.

Poco más de año y medio después ocurre algo parecido: hace unas horas Melitón Ortega, papá de Mauricio Ortega, uno de los desaparecidos, dijo que el resultado preliminar de la Universidad de Innsbruck (sus expertos no pudieron identificar más restos por ahora) fortalece la esperanza de encontrar a los normalistas. Más tarde, Felipe de la Cruz, maestro activista y vocero de los padres (su hijo es sobreviviente de aquella infausta noche), aseguró: "Lo de Innsbruck está confirmando que no fueron asesinados ni quemados en el basurero de Cocula: sabemos que están vivos y que los tenemos que encontrar".

La narrativa de la peor tragedia desde 1968 ya se jodió. Pase lo que pase, los padres (por sí solos o engañados por quienes lucran con su dolor) nunca creerán nada. Quienes acabaron con la vida de esos jóvenes fueron tan perversamente meticulosos, que el Estado ha sido incapaz de demostrar hasta hoy, de forma incontrovertible, que sí ocurrió lo que sabemos que pasó en Cocula y otros lugares, como Pueblo Viejo, donde los 43 fueron ultimados: sin cadáveres, no hay caso cerrado...

jpbecerracostam@prodigy.net.mx
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