Doble Fondo

El síndrome de Dios de "El Chapo" Guzmán…

Diría como algunos doctores, Joaquín sucumbió al síndrome de Dios, porque solo así se entiende esa suicida y soberbia soledad del enemigo público número uno de Chicago.

El sábado por la mañana, después de las nueve, un contacto me envió una foto por WhatsApp. Era la de un hombre de bigote, de rodillas, con el torso desnudo, las manos esposadas tras la espalda. El sujeto tenía asoleado el cuello, que contrastaba con la blancura del pecho. Tenía golpes leves, casi raspones: en el hombro izquierdo, en la mejilla izquierda, en el pómulo derecho, debajo de la ceja derecha, y uno más arriba, en la frente, hacia el mismo lado. Tenía el pelo revuelto, el rostro sudoroso, algunos cabellos húmedos por el sudor. No se le distinguían los ojos ya que miraba hacia abajo, el rostro muy serio, trabada la quijada. La mano de alguien con ropaje camuflado, militar, le sostenía la cabeza. Luego supe que era un marino. A un lado se apreciaba parte del cuerpo de otro marino con un fusil en descanso.

—Es El Chapo Guzmán. Lo detuvimos en la madrugada… —decía otro mensaje minutos después.

Retomé el móvil, volví a observar la foto, y sí, se parecía a Joaquín Archibaldo Guzmán Loera. Incrédulo, le llamé a mi contacto. En este oficio reporteril desde muy joven se me quedó grabada la lección de mi padre, Manuel, el mejor periodista que he conocido: “Mientras más desconfíes de ‘la verdad’ de cada quien, más te acercarás a la verdad periodística”. Era una forma elegante y sobria de enseñar que, como insiste Carlos Marín una y otra vez, hay que verificar, confirmar, reconfirmar y volver a verificar la información para que sea “precisa, concisa y maciza”.

Consulté otra fuente. Al rato recibí una segunda foto. Ahora sí, el hombre estaba de frente, igual, movida su cabeza por la mano de un marino para que mirara a la cámara, sin hacerle daño. Sucedía en un estacionamiento: atrás se alcanzaba a apreciar un vehículo blanco deportivo, un Corvette o un Camaro. El capturado tenía los ojos como inyectados de adrenalina, las pupilas dilatadísimas. La mirada perdida. Derrotada. Y sí, pensé, parecía ser El Chapo Guzmán. En ese instante, pasadas las 11 de la mañana, compartí la información con quien tenía que hacerlo. Y me sugirió tratar de reconstruir con mis fuentes los detalles de la captura Y así la publiqué ayer.

Supe algunas cosas más de lo aparentemente ocurrido, pero me concentro en una: a diferencia de lo que informó durante la presentación del criminal el procurador Jesús Murillo Karam, El Chapo no habría estado acompañado únicamente por una persona, sino por dos, ambas sometidas, y un tercero que dormía en un departamento contiguo al que ocupaba Guzmán y que huyó, y cuyo nombre mantengo en reserva por ser fundamental en la estructura de la banda criminal.

Comenté a mis contactos que me parecía increíble que este hombre tuviera tan poca gente a su lado (tres), tan pocas armas (él, su cuerno de chivo cerca de la cama y ya). La respuesta que recibí fue la misma, con varios puntos: uno, que tenía que ser discreto y cero ostentoso cuando andaba en ciudades grandes; dos, que se había vuelto imprudente, descuidado y más temerario de lo habitual con su seguridad.

Diría que, como algunos doctores, sucumbió al síndrome de Dios, porque solo así se entiende esa suicida y soberbia soledad del enemigo público número uno de Chicago…

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