Doble Fondo

¿Los señores Beltrones y Gamboa escuchan al Ejército?...

Mayo de 2013. Tres de la tarde. Un grupo de autodefensa, el del municipio de Buenavista Tomatlán, en la Tierra Caliente michoacana, intercepta a un grupo de soldados que patrullaba la zona procedente del vecino municipio de Tepalcatepec. Los militares iban comandados... por un general de brigada del Ejército. Los levantados en armas contra el cártel de Los caballeros templarios estaban furiosos porque en la mañana miembros de las fuerzas armadas habían desarmado a varios de los suyos junto a un retén de los civiles levantado a la entrada de la cabecera municipal. Habían sido horas de muchísima tensión. La gente del pueblo cruzó una tercia de tráileres en la carretera que lleva de Apatzingán hacia Buenavista. Varias veces cientos de soldados estuvieron a unos cuantos metros de la turba. A tres metros, mientras la gente enardecida les gritaba de todo a los militares. Había quienes querían desarmarlos. Los peores amenazaban con estallar un enfrentamiento ahí mismo. Un coronel logró conciliar. La carretera permaneció bloqueada pero no hubo combate alguno.

Mientras ocurría eso, a unos kilómetros sucedía lo que narré al principio: el general y sus hombres eran interceptados. El liderazgo de las autodefensas determinó conducir a los soldados hasta las oficinas de la policía municipal, ubicadas junto al edificio del ayuntamiento. Fue muy difícil escoger el verbo para describir al aire, en MILENIO, lo que vivían el general y su tropa. ¿Estaban presos? ¿Estaban recluidos? ¿Detenidos? ¿Capturados? ¿Secuestrados? Estaban encerrados tras las rejas, no de calabozos, pero sí de las oficinas policiales. El general se mantuvo impertérrito todo el tiempo. Serio. Concentrado. Apenas quiso hablar ante el micrófono y la cámara que le pusimos enfrente mis compañeros y yo. En algún momento me permitieron entrar a charlar con él. Nada más a mí: nada de micrófono ni cámara.

—Mi general, ¿qué hace aquí? ¿Por qué concedió venir a que lo encerraran?

Con la mirada firme —clavada en mis ojos—, la voz templada me respondió mientras sus hombres, siempre con sus armas en sus manos, escuchaban:

—Para evitar un mal mayor...

“Para evitar un mal mayor”, repetí en mi mente. Habíamos pasado varios minutos difíciles. De pronto algunos radicales vociferaban que ya, que había que entrar a las oficinas policiales y quitarles las armas a los soldados. En algún momento a un imbécil se le ocurrió incitar a los demás para que nos prendieran fuego a mis compañeros camarógrafo, operador de Live U y a mí. “¡Huele-a-gasolina! ¡Huele-a-gasolina!”, empezó a corear un estulto amigote del estólido aquel. El pueblo nos salvó. Y entonces los ultras se volvieron contra el Ejército (sí, el Ejército) de nuevo: energúmenos proponían un linchamiento verde olivo.

Varias veces estuvimos a unos centímetros y a unos segundos de un desastre. De un terrible enfrentamiento. De que corriera mucha sangre. Y eso, eso ha ocurrido en reiteradas ocasiones en los últimos meses. Hace unas horas sucedió algo similar en los alrededores de Tancítaro, tomado ya por las mismas autodefensas de Buenavista ayudadas por las de Tepalcatepec. Los señores Beltrones y Gamboa no entienden, no asimilan lo que está pasando en esta guerra. ¿No están oyendo a las fuerzas armadas? ¿No están escuchando lo que ha dicho el general Cienfuegos en los últimos días?

Pero claro, cuando ocurra lo que tarde o temprano va a suceder, ellos, y sus colegas del PAN y el PRD, dirán que qué barbaridad, que eso no puede suceder nunca más, y perorarán sandeces ante las cámaras durante todos los primetime que puedan, eso sí, con semblantes de circunstancia impecablemente mediáticos...

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