Doble Fondo

“Ya párenle, señores de la muerte, hijos de la chingada…”

Hay que reprobar a los irresponsables pirómanos que embozan y encapuchan sus intenciones, que esparcen mentiras incendiarias por las redes sociales, porque pareciera que les encantaría que en el país se expandan las llamas.

En junio de 2011, cuando me tocó cubrir la larga y dolorosa Caravana del Consuelo encabezada por el poeta Javier Sicilia, que partió del Distrito Federal y recorrió algunos estados para dirigirse hacia el norte de la República, reporté que en Michoacán, San Luis Potosí, Zacatecas, Durango, Nuevo León, Coahuila y Chihuahua, en cada una de esas plazas, la caravana escuchó cientos y cientos de dramáticos testimonios sobre las barbaridades perpetradas por criminales: levantones, secuestros, desapariciones, ejecuciones, mutilaciones, cuerpos quemados, desintegrados, pozoleados. Dolorosas historias que nos hacían llorar a todos.

Nueve de cada diez historias de terror detallaban monstruosidades cometidas por delincuentes. Solo una de cada diez, máximo dos en alguna plaza (en Ciudad Juárez, por ejemplo), se referían a atrocidades ejecutadas por fuerzas del Estado mexicano. Sin embargo, en la misma proporción —en nueve de cada diez casos—, las exigencias, las demandas, la rabia no eran canalizadas hacia los “señores de la muerte”, como les llamaba Sicilia a los sicarios, sino contra las autoridades, contra los gobernantes de los tres niveles de gobierno y contra los tres poderes de la República.

En algún momento se lo dije a Javier. Él entendió, y sin dejar de exigir que los gobiernos cumplieran con sus responsabilidades, arremetió contra los hijos de puta, como llaman Ciro Gómez Leyva y Héctor Aguilar Camín a los perversos criminales:

—No les estamos pidiendo más que un pinche gramo de sentido humano, el pinche gramo de sentido humano, de humanidad, que les quede, cabrones.

—¡Ya basta hijos de la chingada! ¡Ya párenle, hijos de la chingada!

Dos meses después, al anunciar la realización de otra caravana, Sicilia fue el mejor Sicilia, cuando les espetó a los delincuentes:

—Nada, nada de lo que puedan desear vale más que una vida. En nombre de ella, y del tremendo dolor que han causado y se han causado, también ustedes pidan perdón a la nación. A su nación, a ustedes mismos y a las víctimas a las que tanto daño han hecho. ¡Dejen de matar, dejen de degollar, dejen de destruir la vida! Con sus actos, están desangrando a su propio país, a su tierra, y destruyendo la vida de los suyos. Las muertes que llevan a cuestas son las losas de sus propias tumbas. Cada vida que respeten, señores de la muerte, será entonces un latido en sus corazones.

Hoy evoco e invoco a aquel Sicilia. Desde que ocurrió la infame desaparición de los estudiantes de Ayotzinapa, he documentado aquí datos sobre las omisiones gobiernos y de quienes forman parte del Estado mexicano; he señalado complicidades y negligencias, pero en estos días en que las manifestaciones pacíficas, realizadas con gran inteligencia (con música, con pinturas, con veladoras, con performances), son empañadas por grupos violentos que queman, saquean, agreden; que quieren atizar e incendiar todo para conseguir vaya a saber usted qué, es momento de que, dentro del dolor y la indignación, no solo se canalicen los gritos contra los gobiernos omisos y cómplices, sino también hacia los bastardos: contra los delincuentes y contra quienes quieren envilecer las protestas.

Hay que reprobar, sin matices, a los irresponsables pirómanos que embozan y encapuchan sus intenciones, que esparcen mentiras incendiarias por las redes sociales, porque pareciera que a ellos, como a los delincuentes, también les encantaría que en el país se expandan las llamas y la violencia para provocar virulentos actos de represión. #YaMeCansé también de ellos…

jpbecerracostam@prodigy.net.mx

http://twitter.com/jpbecerraacosta