Doble Fondo

El origen de la guerra en Chiapas, 20 años después…

El 1° de enero de 1994 cayó en sábado. Fue un amanecer, un despertar que nos sacudió a todos los que vivimos en esto del periodismo: ese día se levantó en armas el Ejército Zapatista de Liberación Nacional (EZLN). Le declaró la guerra al Estado mexicano y pretendía llegar al Distrito Federal para, según sus propias palabras, derrocar al gobierno federal. Así que el EZLN, sí, nos dejaba atónitos: le declaraba la guerra al Ejército mexicano y al entonces presidente de la República Carlos Salinas de Gortari, quien justo ese día pretendía festejar la entrada en vigor del Tratado de Libre Comercio con Estados Unidos, pero no, no pudo…

Durante tres semanas Chiapas fue escenario de una guerra. Y no, no es retórica: hubo combates y cientos de muertos y heridos en ambos bandos. Había tanques lanzando proyectiles, aviones bombardeando (sí: aviones bombardeando). Hubo denuncias documentadas de violaciones de derechos humanos contra ambos bandos, 50 mil desplazados, un cese al fuego, una ley de amnistía, diálogos de paz y la guerra, velocísima, vertiginosa, dejó atrás las balas y se volvió mediática en febrero: los zapatistas, que al inicio de las hostilidades eran catalogados por el gobierno federal (y los medios afines de siempre) como “profesionales de la violencia”, “terroristas”, “extranjeros”, terminaban por ser reconocidos como interlocutores y empezaban los textos del subcomandante Marcos.

Era 1994, año de elecciones presidenciales: Luis Donaldo Colosio competía por el PRI, Cuauhtémoc Cárdenas por el PRD y Diego Fernández de Cevallos por el PAN. Durante casi tres meses ellos pasarían a segundo plano: Manuel Camacho Solís, quien había sido regente de la Ciudad de México (no, los chilangos no teníamos derecho a elegir a nuestros gobernantes) y había enfurecido por no ser candidato presidencial del PRI, era el negociador de la paz. Su nombre era el que estaba en las primeras planas, junto la del obispo (también mediador) de San Cristóbal de las Casas, Samuel Ruiz, y por supuesto, al de Marcos. Eso, hasta que Colosio fue asesinado, pero ésa es otra historia…

Yo no fui a Chiapas. Era director general de un semanario —Macrópolis—, que ese 1° de enero ya tenía listo su número 94 para distribuir, el cual costaba ocho nuevos pesos, porque en aquel entonces el gobierno le había quitado ceros al devaluado peso. Lo que sí hice fue enviar de inmediato a Chiapas a varios reporteros y fotógrafos (también compramos imágenes de los grandes fotoperiodistas de Imagen Latina, Cuartoscuro, Mic y Proceso). Lo primera orden era hacer crónicas de guerra. La segunda, radiografías, diagnósticos socioeconómicos de Chiapas, auxiliados por sus compañeros de la Ciudad de México.

Ahora que hojeé de nuevo su trabajo, me emocionó leer sus grandes textos y ver sus estupendas fotos: además de las crónicas, hicieron impecables reportajes que ilustraron y documentaron lo que el gobierno no reconocía al principio, pero luego tuvo que aceptar: detrás del levantamiento del EZLN había historias sin fin de miseria perpetua, de hambre cotidiana, de explotación brutal de los indígenas y campesinos a manos de caciques empresariales y políticos, historias de represión y despojos a través de sus violentas guardias blancas. Un horror opresivo que habíamos olvidado.

“Nos levantamos en armas porque ya no tenemos nada que perder”, nos resumía uno de los zapatistas. Y así fue, ése fue el origen…

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