Doble Fondo

Los Godínez "huachicoleros" y su pueblo "huachicolero"…

Tal vez llegue el momento en que se quejen de los criminales que los obligaron, o que los sedujeron, pero por lo pronto se ven bastante conformes, repartiendo flores a las tropas: son miembros de miles de familias de varios estados y municipios que obtienen recursos producto de la venta de combustibles robados, y que a cambio fungen como parvadas de halcones y eficaces escudos humanos. También se desempeñan de bodegueros, expendedores y transportistas de huachicol. Algunos hasta rentan sus parcelas por donde pasan ductos de Pemex para que éstos sean intervenidos y saqueados. Es el pueblo huachicolero, cooptado fundamentalmente en zonas marginadas.

Pero no solo eso, también existe una burocracia huachicolera: ha habido alcaldes, síndicos, regidores y policías municipales y estatales que se suman a la industria. ¿Lo tuvieron que hacer bajo la ley de plata o plomo? No lo sé, es posible, ya deslindará causas y responsabilidades el Poder Judicial, como es de esperar que lo haga también acerca de trabajadores sindicalizados y de confianza de Pemex, que son los que operan la sustracción del combustible, de acuerdo con lo que está asentado en numerosos expedientes de investigación: unos abren los ductos de Pemex con herramientas adecuadas para que éstos no exploten, y los otros alertan sobre los horarios que son seguros para extraer los combustibles. Son los Godínez huachicoleros, para usar términos de redes sociales, sin quienes no se puede explicar el éxito del multimillonario negocio criminal.

Todas esas personas —ciudadanos comunes y funcionarios de distinto nivel— forman las llamadas bases sociales de esos criminales que, como publicamos en esta edición, en una nota de nuestros compañeros de MILENIO Puebla, usan casas, techos de hogares y negocios para colocar cámaras de vigilancia. Sí, permiten que sus viviendas, changarros y mobiliario urbano sean una especie de C4 del crimen, desde donde acechan no solo el paso de cuerpos policiales o militares, sino los movimientos de grupos delincuenciales rivales. Estas cámaras pueden ser operadas desde tabletas, tal como lo ha hecho el narco en Tamaulipas: los delincuentes son capaces de observar todo lo que ocurre en las calles y avenidas que son pinchadas con cámaras. Desde sus coches, o donde quiera que estén, en un bar, en un restaurante, donde sea que tengan una buena señal de wifi para echar a andar sus aplicaciones, los criminales observan todo lo que ocurre en la zona, independientemente de los movimientos de sus vigías, que reptan a pie y en motos.

Y claro, como también publicamos en esta edición de MILENIO, en una nota de Rubén Mosso, los jefes huachicoleros, al más puro estilo narco, cooptan a su raza a través de festivales como los que realizan el Día de las Madres y el Día del Niño, donde reparten regalos y juguetes a sus fieles. Cada fecha para festejar es buena fecha para cooptar gente con embutes.

El Estado mexicano tiene que desmontar las redes de apoyo y soporte de estos grupos criminales, pero el asunto es el cómo, porque si se trata nada más de fusiles, ya vimos en qué acaba el asunto: con soldados muertos y delincuentes ejecutados. Hay que ofrecer a la gente alternativas viables de producción y empleo que puedan tener ganancias inmediatas. Eso que se llama reconstruir el tejido social, pero ya, urgente...

jpbecerra.acosta@milenio.com
Twitter: @jpbecerraacosta