Doble Fondo

Fidel y su Revolución aquel 88-89...

Era diciembre de 1988 cuando llegué a La Habana. Años antes ya había viajado como turista, pero ese era mi primer viaje reporteril. Iba a cubrir el 30 aniversario de la Revolución cubana. La idea era permanecer en la isla cuantas semanas fuera necesario para retratar lo que ahí pasaba.

Y así fue: me quedé hasta marzo de 1989. Una amistad me prestó un departamento en un edificio que estaba en los suburbios de La Habana, en una zona denominada Alamar, hoy cuna de movimientos juveniles antisistémicos. El lugar era modesto pero estaba frente al mar. Era “el edificio de los búlgaros”. Yo era el único que vivía ahí sin provenir de Bulgaria.

Hay que recordar: existía el Muro de Berlín. Existía la Unión Soviética, donde dos años atrás había estado un par de meses abrevando, según yo (a la sazón tenía 23 años), de “las cosas rescatables y buenas” del sistema soviético. Lo único que hallé hermoso fue el ballet, los museos y los fastuosos palacios zaristas que hacían ver casi opacos a los castillos de la realeza francesa.

A la salida de Moscú se me empezaron a borrar las ganas de portar un pin de Lenin en la solapa del abrigo de mi abuelo que me heredó mi padre. La falta de libertad de expresión en las heladas republicas soviéticas me resultó insoportable. Quizá por eso quería ir a Cuba, para constatar si algunos ideales socialistas se habían interpretado mejor en el trópico.

Cuando me topé con Fidel Castro aquel invierno del 88, en diciembre, me quedé estupefacto. Era uno de esos actos protocolarios durante el cual me permitieron saludarlo. Tenía, hace 28 años, una personalidad impactante a sus 62 años. Días después me invitaron a estar presente durante uno de sus discursos frente a una muchedumbre. Tenía una voz que la verdad hechizaba, no tanto por sus simpáticas e histriónicas entonaciones, sino por lo pedagógico de sus frases y conceptos.

Escuchándolo horas parecía difícil llevarle la contra. Sus interpretaciones económicas y políticas acababan por hacer dudar sobre la inconveniencia de sus planes sociales. Claro, entonces Cuba recibía muchísimos recursos de la URSS y no había tanta escasez: los dineros de la guerra fría fluían adecuadamente hacia La Habana.

Al recorrer tantas semanas parte del país y hablar con obreros, campesinos, estudiantes, gente de la calle o del campo, gente común, todos parecían amar a Fidel. Todos, hasta quienes no formaban parte del Partido Comunista. Era la retórica antiyanqui la que convencía a la mayoría: “Yo no quiero este sistema, pero en cuanto vea un avión o un soldado yanqui en el Melecón voy a ser el primero en tomar el fusil”, me dijo entonces un joven opositor.

Ya, ya había opositores. Pocos, dispersos, subterráneos pero los había. Yo no era comunista, era socialdemócrata. Repudiaba a los gusanos del exilio que habían fomentado el infame embargo gringo que Cuba ha padecido, pero no toleraba la falta de libertad de prensa, la prohibición a los cubanos para que dijeran lo que se les viniera en gana y donde fuera que se les antojara.

Fidel Castro ha sido el hombre político más impresionante que he conocido, pero desde aquel invierno del 88-89 en el que pude auscultar las cosas buenas que tenía su Revolución (las tiene, no pocas), me quedó claro algo que yo les decía a mis amistades cubanas:

“El gran revolucionario e idealista se me difumina ante el tirano que no permite la libertad de expresión absoluta. Soy periodista, eso no lo puedo tolerar...”

pbecerracostam@prodigy.net.mx

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