Doble Fondo

La epopeya en Tierra Caliente, un año después...

El 24 de febrero de 2013, municipios de Michoacán se levantaban en armas. Estaban hartos de extorsiones, secuestros, desapariciones, ejecuciones. De la impune barbarie de los criminales.

Hace poco más de un año, el 24 de febrero de 2013, el poblado de La Ruana (municipio de Buenavista Tomatlán) se levantaba en armas. Una hora después, el vecino municipio de Tepalcatepec hacía lo mismo. La gente de ambos ayuntamientos se rebelaba contra el cártel de Los caballeros templarios. Estaba harta de extorsiones, secuestros, desapariciones, ejecuciones. De la impune barbarie de los criminales. De que les cobraran lo que se les daba la gana por sus cosechas de limón, lo que se les antojara por sus cabezas de ganado. En La Ruana, el gobierno paralelo de los criminales obtenía 90.7 millones de pesos al año de los limoneros. En Tepalcatepec sacaba 13 millones de pesos al año de los ganaderos. Casi 104 millones de pesos anuales era el botín de los criminales en esos dos lugares.

De ese tamaño era el agravio económico. Por eso la furia contenida entre la población contra aquellos monstruos. Sí, monstruos. Perpetraban monstruosidades. La peor de éstas, el abuso de niñas, adolescentes y jóvenes, historias de padres, novios, esposos cuyas hijas, novias, mujeres eran “elegidas” por esos rufianes y luego violadas reiteradamente. Hubo casos de niñitas de 11 y 12 años que resultaron embarazadas. Y pobre del que protestara: muerte segura.

Durante un par de décadas nadie, absolutamente nadie que representara al Estado mexicano auxilió, protegió, liberó a los calentanos. Y mucho menos alguien osó combatir a sus opresores. Nadie. Ni un alcalde, ni un policía municipal, ni un policía estatal, ni un ministerial, ni un gobernador. Y de los gobernantes federales, ¿qué decir? Anunciaban una y otra vez estrategias para aplicar la ley en Tierra Caliente, pero nunca ocurrió algo que cambiara de fondo lo que ocurría.

Por eso, la gente de los municipios Coalcomán y Aguililla también se levantó en armas meses después. En Aguililla los Templarios cobraban a los mineros casi 95 millones de pesos al año. En Coalcomán los criminales obtenían 10 millones de pesos de los aserradores. Además, a los ganaderos les trasquilaban 22 millones de pesos anuales. Y ahí, en Coalcomán, las historias de abusos contra las niñas y mujeres también fueron dolorosísimas.

El estado de terror y complicidad impuesto me hizo pensar no pocas veces que era una locura el levantamiento armado. Que los líderes de las autodefensas erigían, cada uno, su propia Numancia. Un suicidio colectivo. Cuando esos municipios fueron sitiados por los criminales y la gente sobrevivió durante semanas sin gasolineras, sin gas, con escasez de alimentos y medicinas, padeciendo matanzas, pensé que venía lo peor. Afortunadamente el gobierno federal reaccionó ante las anonadantes imágenes: la presencia de las tropas, del Ejército, la Marina, la Policía Federal, y recientemente de la PGR, impidió que la región se convirtiera en un Stalingrado tropical.

Como publicó mi querido Ciro Gómez Leyva, lo de las autodefensas fue realmente una hazaña. Sin el arrojo de esos hombres y mujeres (a veces temerarios), nada hubiera cambiado. Fue una pequeña epopeya. Hay que reconocerlo, como también hay que empezar a contar, tal como ya procedimos a hacerlo en MILENIO, las historias oscuras de algunas autodefensas, o de algunos de sus líderes, antes de que las víctimas se vuelvan victimarios.

Pero esa, esa es otra historia...

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