Doble Fondo

Esos empresarios codiciosos y egoístas…

Tuve la fortuna de asimilar conceptos y filosofías de vida de hombres muy preparados académicamente, sencillos a pesar de los millones que poseían.

Desde pequeño tuve la oportunidad de conocer a empresarios mexicanos. Eran los años 70 cuando mi padre fungía como subdirector de aquel gran Excélsior, y por asuntos concernientes al trabajo periodístico de él, de Manuel, o relacionados con sus amistades, presencié cálidas charlas con varios de los más importantes hombres de dinero de entonces. Lo mismo ocurrió en los 80, tiempo en el cual él dirigía el inolvidable unomásuno que fundó en 1977: de cuando en cuando me invitaba a su casa (yo era un joven adulto ya) o me pedía que lo acompañara a las casas de aquellos talentos empresariales, dos de ellos eran extranjeros, renombrados españoles.

Yo solo escuchaba, por supuesto. Fue un privilegio, porque tuve la fortuna de asimilar, no técnicas empresariales, pero sí conceptos y filosofías de vida de hombres muy preparados académicamente (unos cuantos no: eran self-made men), muy cultos (regalaban grandes charlas de literatura, teatro, cine, música, pintura, arquitectura, historia), refinados, informados, inteligentes, nunca esnobs, sencillos a pesar de los millones que poseían. Gente elegante en su alma. Gente que entendía que eso que llaman “tener clase” no proviene de las cuentas bancarias, de los aviones privados en que volaban, de los yates en que navegaban o de aventar al centro de la mesa de un restaurante la American Express Centurion (la Black, como se le conoce coloquialmente), sino de la sobriedad.

“La riqueza se tiene que llevar con dignidad, con modestia”, le aprendí a uno. “Nunca hay que contagiarse de la insolencia del dinero”, le aprendí a otro. “Ostentar en este país es una injuria”, le aprendí a uno más.

Se trataba de personas que invertían muchísimo dinero en México, prácticamente todo su capital. Que amaban profundamente a su país. Que creaban miles de empleos. Que siempre estaban preocupados por la capacitación y el desarrollo de sus empleados. Que siempre se ocupaban que tuvieran excelentes prestaciones y salarios mucho más que dignos. Eran hombres de traje, corbata y zapatos clásicos que sabían que, mientras mejor trabajaran los suyos por lo complacidos que estaban con sus generosas situaciones laborales, más productivas y competitivas serían sus empresas.

Eran empresarios que ilustraban en las artes de lidiar con el poder político (que también suele ser económico): “Se trata de un asunto de teléfono, un asunto de gustos”, me aleccionó otro más. “Si te llaman desde el poder, por ejemplo desde Los Pinos (o Bucareli o Hacienda), y te dicen que algo que hiciste, que hizo tu empresa, no le gusta al Presidente, tú preguntas si esa acción fue ilegal, ilícita, falsa, y si hay algo que corregir y cómo hay que corregir. Si te dicen que no, pero te reiteran que no le gusta al Presidente, entonces tú, gobernando el temor por las represalias, sin la menor soberbia ni petulancia, y en el tono más delicado y ecuánime, debes responder: ‘Entonces se trata de un asunto de gustos’. Y te persignas…”, se carcajeó mi gurú de aquel momento.

Ya a partir de los 90 y hacia adelante, mi vida me ha llevado también a gozar de tertulias con algunos seres (hombres y mujeres) como ellos. Los mexicanos necesitamos miles y miles de empresarios así, no como los que ilegalmente saquean las aguas de Yucatán (mi tierra también, porque es la de mi madre, Miriam) para obtener furtivamente el pepino de mar (MILENIO de ayer y hoy: (http://www.milenio.com/estados/Libran-guerra-naval-mdd_0_322167799.html).

Tipejos codiciosos y egoístas…

jpbecerracostam@prodigy.net.mx

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