Doble Fondo

Tiempos de impunes monstruos en México y El Salvador…

La violencia que padecen muchos salvadoreños es aterradora, impune, infame, como la que sufren miles de mexicanos.

Estuve unos días reporteando en El Salvador, a fin de documentar las dos principales causas que obligan a los niños, adolescentes y jóvenes a emigrar hacia México y luego hasta Estados Unidos. Nada nuevo: la pobreza y la violencia siguen siendo las detonantes de este éxodo que no cesa desde hace años. Son exactamente los mismos motivos que tienen los migrantes mexicanos. La pobreza de El Salvador hiere como indigna la de México, y la violencia que padecen muchos salvadoreños es aterradora, impune, infame, como la que sufren miles de mexicanos.

Para abordar el primer asunto, el de la miseria, mis compañeros Neftalí Inacua (camarógrafo), Omar Meneses (fotógrafo) y yo fuimos a una zona campesina pegada al océano Pacífico, ya cerca de la frontera con Guatemala. Se trata del poblado Metalío, perteneciente al departamento (estado) de Sonsonate, ubicado a 90 kilómetros de la capital. Convivimos unas horas con la familia de una joven de 21 años, Edith, que ese mismo día había descendido de un avión procedente de Estados Unidos junto con otros 116 salvadoreños deportados. Ahí, en el aeropuerto de San Salvador, les pedimos permiso a Edith y sus padres para acompañarlos. El sueño americano de la muchacha había concluido de manera tragicómica: la atraparon porque quedó atorada a tres metros de altura sobre la hiriente malla ciclónica del muro fronterizo de México con Estados Unidos. Sus padres habían ahorrado con muchos esfuerzos y habían vendido algo de lo poco que tenían para juntar 7 mil dólares y financiar el periplo de su hija, con la ilusión de que ella pudiera trabajar en suelo estadunidense y así ayudarlos con el envío mensual de algunos dólares.

Nada, perdieron todo: “Una vida”, sintetizó Carlos, el padre campesino.

Lo de la violencia, no por serme familiar, dejó de sacudirme. En El Salvador lo que hay no es tanto lo que conocemos como cárteles, sino pandillas. Las famosas Maras, con todas sus derivaciones, sus peculiares siglas grafiteadas en cada colonia, en cada pueblo que dominan. De hecho, ahí mismo, en Metalío, en plena zona rural, nos contaba Carmen, la madre de Edith, que habían preferido “invertir” en el viaje hacia Estados Unidos de su hija porque, negocio que alguien pone en el poblado, comercio que tiene que pagar… extorsión a las maras. Sí, como en tantos lados de México a los cárteles. En Metalío, de un lado de la calle a la MS, del otro lado a la M18. Y ni quién les diga algo. Así llevan décadas.

Me contaba en entrevista César Ríos, director ejecutivo del Instituto Salvadoreño del Migrante, varias historias de terror, pero éste es el asunto que más me conmocionó:

—Hay casos que es muy difícil plantearlos (movía la cabeza de un lado a otro en sentido negativo), pero hay niñas adolescentes a las que las amenazan y les piden que vayan a las cárceles nacionales, donde están presos los líderes de las maras, para que les hagan una visita íntima. Si no lo hacen, amenazan a sus abuelos, a sus padres, a todos. Entonces, lo tienen que hacer. Hay niñas que lo hacen y no lo plantean ni a sus padres… —agregaba con mirada desconsolada. 

Eso se llama, rotundamente, violación. Violaciones a la vista de todos. Una barbaridad, como las que ocurrían en varias partes de la Tierra Caliente de Michoacán, como los casos de Tepalcatepec y Coalcomán, donde llegaban los templarios y escogían a las hijas y a las esposas que se les daba la gana.

Tiempos de impunes monstruos los que vivimos por todos lados...

jpbecerracostam@prodigy.net.mx

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