Doble Fondo

Niñas y niños de la guerra michoacana…

Entrevisté a un menor templario de 16 años. ¿Por qué se metió a vivir la vertiginosa vida delincuencial? Por $7,200 pesos mensuales. ¿Quién le ofrece eso legalmente?

Durante el tiempo que he cubierto la guerra michoacana, desde hace varios años ya, pero sobre todo a partir de 2013, me he topado con historias que exhiben el involucramiento de menores de edad en este conflicto entre narcos y contra narcos. En ocasiones estos niños y niñas han formado parte del macabro reparto por voluntad propia. Otras veces —la mayoría— se sumergieron en ese cruel submundo porque fueron obligados, ya fuera por gente monstruosa o debido a que el devastado tejido social los lanzó a ese abismo.

La primera vez que tomé consciencia del problema fue cuando realicé un reportaje sobre las narcotumbas en Tierra Caliente, hará unos cinco años. Primero fuimos (mi colega fotoperiodista Oswaldo Ramírez y yo) a Apatzingán, para ver cómo había despuntado el negocio de las funerarias. El dueño de una boyante empresa narraba que no había semana en la cual no hubiera ejecutados en su ciudad y municipios colindantes, sobre todo jóvenes. Recomponer los maltrechos cadáveres le generaba ganancias extras.

Recorrimos cementerios en la región y comprobamos que se saturaban de menores de edad y de teenagers en sus dos últimos años (18 y 19 años). Si sumábamos los caídos entre 20 y 30 años, teníamos contado 90 por ciento de las tumbas recientes. Los mausoleos eran impresionantes, muy rebuscados todos, evidentemente carísimos: había hasta con aire acondicionado y teléfono en su interior. Parecían pequeñas casas con ventanas, cúpulas, vitrales, jardines, bancas. Estaban adornadas, diríase que con orgullo, como si las familias estuvieran complacidas de la muerte prematura y a balazos de sus machitos, cuyos
trozos de vida podían apreciarse en fotografías donde posaban con semblantes altaneros, con sombreros, botas, montados en caballos o trocas, exhibiendo joyas y hasta pistolas grabadas. Adoptaban ese estilo de vida, de dinero rápido y muertes prematuras, por puro gusto, nos explicó nuestro guía. Ellos querían ser, rapidito, “las riatas”, nos dijo en alusión al narcocorrido “La riata de Michoacán”, del grupo Los Capos de México, enaltecedor de la vida narca.

La segunda sacudida me la llevé cuando, ocho meses atrás, conocí por azar a una familia calentana: hace unos años la hermosa hija mayor (de 16 años), entre dos que tenía el matrimonio, fue “elegida” por uno de los capos más importantes de La Familia michoacana. “Llegó con más de cuarenta hombres armados hasta los dientes y me dijo que mi hija iba a ser su ‘niña’. ¿Qué iba a hacer yo, si él mandaba aquí?”, me confió con ojos llorosos el padre de la jovencita. Hoy ve crecer con amor a la hija del mequetrefe aquel, a su nieta.

La semana pasada entrevisté a un niño templario. A un chiclero, a un puntero, a un halconcito de 16 años. ¿Por qué se metió a vivir la vertiginosa vida delincuencial? “Porque me pagaban mil 800 pesos a la semana. Nomás por hacer eso. Así de fácil”. Por 7 mil 200 pesos mensuales para comprar ropa, joyitas y pasear con sus morras en Apatzingán. ¿Quién le ofrece eso legalmente?

Días después platiqué con un mozalbete de 17 años y sus compañeros de trabajo en una empacadora de limón. El mocoso cargó dos muertos en su haber como sicarito templario. Su mirada insolente, helada, letal ante el azuzamiento de sus cuates para que contara su historia y cuando yo le insistía me erizó la piel. Parecía decirme: “Si tuviera mi pistola y estuviéramos solos ya estarías muerto, cabrón”.

Tardará años en sanar la Tierra Caliente de Michoacán…

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