Doble Fondo

Javier Sicilia y la sangrante tragedia de México…

Historias con nombres, apellidos y lugares. Vidas de los familiares de ejecutados, de levantados, de secuestrados, de desaparecidos. La tragedia sangrante que vivía (que vive) el país.

Hace unos días se cumplieron tres años de que fue creado el Movimiento por la Paz y la Justicia, encabezado por el escritor Javier Sicilia, que surgió después del asesinato del hijo del poeta, Juan Francisco (Juanelo, le llama él), y quienes le acompañaban aquella primavera de 2011 cerca de Cuernavaca, Morelos: el joven fue ejecutado el 28 de marzo junto con otros cinco jóvenes —entre éstos una mujer— y un hombre maduro.

No sé de qué lugar del sufrimiento que implica una mutilación así Javier obtuvo fuerzas para realizar tres caravanas a lo largo del país, a fin de protestar por la violencia, por la inseguridad que asuela tantos estados, municipios y poblaciones, pero lo hizo. Fui enviado reporteril a las tres. Fueron semanas y semanas de profundo dolor. Historias y más historias de devastación. De familias mutiladas. De vidas truncadas. No era posible seguir contando nada más cifras de muertos, sino que teníamos, también, que narrar historias. Historias con nombres, apellidos y lugares. Las vidas de los familiares de los ejecutados, de los levantados, de los secuestrados, de los desaparecidos. La tragedia sangrante que vivía (que vive) el país no podía limitarse a una narrativa de estériles números y discursos oficiales.

No. Había que exhibir esas historias. Había que intentar que, tanto los monstruosos criminales como los negligentes gobiernos (municipales, estatales y el federal), las observaran. Que al menos aceptaran su existencia. No se trataba de hacer periodismo militante o de causa (que es igual de parcial, pesado y vomitivo que el periodismo chayotero, ése que se postra de hinojos ante el poder, ante cualquier poder), sino de realizar nuestro trabajo: reportear y consignar los hechos.

—Queremos, con nuestro consuelo mutuo —estar juntos en la soledad del otro, de todos nosotros que somos dolientes—, tocar el corazón y la consciencia de la inhumanidad de los criminales y el desdén de los gobernantes… —dijo Javier cuando iniciaba el movimiento.

—¿De verdad crees que le van a tocar el corazón a criminales que ejecutan y a políticos que solo desean el poder? —le pregunté. Sonrió con resignación y cierta esperanza.

—Esos cabrones… Pero ojalá les toque el corazón lo que decimos, nuestro dolor, nuestras historias, nuestra búsqueda de paz y justicia.

No. Ni las caravanas ni los cientos de historias que recogimos entonces y después (hasta ahora) les han tocado el corazón a esos hijos de puta de los criminales, ni desapareció el desdén de los políticos más allá de sus mediáticas simulaciones y de algunas excepciones. Unos siguen masacrando impunemente, causando dolores inconmensurables, y los otros siguen en lo suyo: en obtener y conservar el poder, en evadir o maquillar sus omisiones y negligencias, sus incapacidades e ineficacias, y en intentar, un día sí y otro también, someter al periodismo que narra esas historias. Nada ha cambiado de fondo. Nada.

Y a pesar de eso, valió la pena el camino: recordar que, en medio de una tragedia de estas dimensiones, con tanta sangre derramada por la maldad, con tantos muertos, secuestrados y desaparecidos, con tanta ineptitud y corrupción de tantos gobernantes, reportear no debe ser —nunca— nada más contar números y reproducir discursos del poder, sino narrar historias. Así que por eso, solo por eso que es mucho, hay que agradecer a Javier y a tantos y tantos dolientes familiares de las víctimas de la violencia, que nos dejaron a los reporteros y fotoperiodistas acercarnos a ellos, a pesar de su sufrimiento y su terror…

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