Doble Fondo

El horror 'narco' de Piedras Negras…

No sé —lo redacto de nuevo— si hemos ido perdiendo cada vez más la capacidad de asombro ante las atrocidades del crimen organizado o si definitivamente ya la perdimos.

¿Estamos tan habituados a sus actos monstruosos que nada nos cimbra ni nos conmueve ya? ¿Qué son unos cientos de ejecutados más? ¿Qué son unas decenas de fosas clandestinas adicionales? ¿Qué tantos son unos descuartizados extras por aquí y allá? ¿Qué más da si vemos un nuevo grupo de gente buscando a sus desaparecidos, digamos en ríos de Piedras Negras, Coahuila, donde habitan 150 mil personas?

A mí no me deja de conmocionar lo que ha pasado ahí en años recientes, en Piedras Negras (uno de los lugares más inseguros del estado), a donde ha viajado estos días mi compañero reportero Joaquín Fuentes. Autoridades de la procuraduría local afirmaron que en el río San Rodrigo fueron arrojados restos humanos luego de que al menos 150 personas fueran secuestradas, torturadas y asesinadas por el cártel de Los Zetas, ¿sabe dónde?, al interior... del Centro de Reinserción Social (Cereso) de esa ciudad fronteriza con Eagle Pass, Texas.

Sí. Es una de las historias más macabras en nuestra guerra de las drogas; una de las historias que retrata con más nitidez la impunidad con que operan los grupos criminales; una de las historias que exhibe rotundamente la complicidad de autoridades que se desempeñan en distintos niveles de gobierno: sicarios, presos en el Cereso (lea bien, por si no conoce o no recuerda la historia), improvisaron hornos... para desaparecer con fuego a gente secuestrada al exterior de esa prisión. Sí, los sicarios, que entraban y salían de ese lugar como si fuera su casa (ya vemos que sí, que era su refugio), instauraron ahí un crematorio entre 2009 y hasta 2011. Qué digo un crematorio, eso suena normal: los narcos tenían, dentro del Cereso, un centro de ejecuciones donde quemaban a sus víctimas cuyos restos calcinados salían, campantemente, a lanzar en lechos de ríos.

No sé si los levantados y ejecutados, si los quemados también eran criminales (de un cártel rival, el del Golfo tal vez), pero la maldad de estas bandas no tiene límites. Y vuelvo a decirlo: su insolencia, su impunidad, es anonadante.

Imagine usted que leyera en un diario gringo algo así: "En la ciudad de Akron, en el condado de Summit, en el estado de Ohio, donde viven 120 mil personas, se descubrió, luego de una fuga de decenas de reos, que un grupo criminal tenía dentro de un penal federal un improvisado horno crematorio fabricado con grandes tambos. Ahí fueron quemadas 150 personas que los presos secuestraban en las calles. Al interior del penal los delincuentes también arreglaban coches baleados y maquilaban ropas con camuflaje para sus escuadrones. Cinco años después de lo ocurrido, esta semana familiares de las víctimas buscaron infructuosamente los restos de su gente en el lecho de un río".

Inconcebible. Aquí, en México, no. Es más, ya ni nos asombra, al parecer...

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