Doble Fondo

Ciro…

Llegué a MILENIO Diario siete meses después de su nacimiento, en julio del año 2000. Arribé a esta casa, mi casa —he pasado aquí trece años, casi la mitad de mi carrera periodística, que es de treinta—, por invitación de mi queridísimo amigo Carlos Marín, que además es mi jefe en este diario. Mi padre, Manuel, fue cofundador de MILENIO: publicaba una columna cada lunes. Desgraciadamente Manuel murió a los 69 años, a unos días de los comicios presidenciales en los que Vicente Fox echó al PRI de Los Pinos. En esa terrible jornada Marín me llamó. Me dio el pésame y me dijo algo más:

—Quiero que vengas a ocupar la columna de tu padre…

Yo publicaba en otro diario. Con su cariño me sacudió más de lo que yo ya estaba conmocionado por la pérdida de mi padre, que además era mi mejor amigo. A Carlos lo he querido más y más desde entonces: aunque difiero de él en algunos asuntos políticos, lo respeto periodísticamente como solo he respetado a Manuel, quien fue, sin duda, el mejor periodista mexicano de la segunda mitad del siglo veinte. Además, Carlos me ha demostrado con hechos su generosa amistad en momentos muy difíciles.

Cuando iniciaba el sueño, la idea, el proyecto de MILENIO Televisión, Ciro me llamó a su oficina. Me ofreció que yo condujera noticieros. Que saliera en pantalla a conducir. No lo dudé: le dije que sí de inmediato. Así lo hice durante prácticamente un año, pero lo mío, mientras tenga fuerza, es reportear en la adrenalina de la calle. Me entendió. Le prometí que, cuando fuera viejito como él, regresaría a conducir. “Ya no te falta mucho”, me bromeaba cada vez que yo lo molestaba con eso. Ciro, que igualmente es mi muy querido amigo (cada vez más, y también me lo ha demostrado con hechos en tiempos durísimos) y que hasta el jueves pasado fue mi jefe en la tele, me gustaba como periodista desde años atrás: cuando dirigí un semanario, Macrópolis, por allá entre 1991 y 1994, yo pedía comprar textos de Ciro que me gustaban. Le pagaba regular, lo que podía la revista, aunque de pronto en los pasillos de MILENIO le daba por decir que no, desmemoriado él, porque yo firmaba los cheques. A lo mejor en su periódico se los birlaban.

Trabajar de cerca con Ciro hizo que él sea la segunda persona que respeto periodísticamente como a Manuel. Así. Diferí de él en varios asuntos políticos, pero ha sido un privilegio estar a su lado, sobre todo desde el año pasado, cuando me empeñé en intentar hacer piezas de tele que lo estremecieran. Me enterqué en llevarle imágenes que gozara. Creo que, bajo su batuta, lo logré dos o tres veces. Me espoleaba para que hiciera las cosas mejor y le recordaba: “En tele soy un novato de un año”. “En tele y en el diario”, me respondía entre carcajadas. Cabrón. En fin. Qué orgullo trabajar con Ciro. Qué triste ya no hacerlo. Me ha afectado fuerte, pero bueno, cuando haga algún guión que no sea boceto, sino una buena pieza, será invocación de lo que él me enseñó.

Ciro me abrazó muy fuerte al salir del estudio de MILENIO el jueves pasado, en su última noche. Y me dijo: “Te quiero mucho”. A mí se me fueron las emociones a la garganta y no sé si alcancé a explayar ese mismo cariño de amigo: “Yo también te quiero mucho, Ciro”. Si no lo dije, si solo lo pensé, pero no pude decirlo por miedo a que se me quebrara la voz, ojalá que Ciro sepa que así es: que lo quiero mucho. Y que sepa cómo lo voy a extrañar en esta pinche orfandad periodística de televisión en la que me siento…

Un abrazo muy fuerte, Ciro…

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