Doble Fondo

"El Chayo", ese muerto que… mataron dos veces

Algunos narraban sus contactos con "el muerto": cómo los buscaba para ponerse de acuerdo para detener la guerra, cómo les mandaba emisarios.

¿Qué gobierno del mundo, qué presidente de qué país informa que mató a alguien… que no mató?

Al principio no hice caso. Cuando a inicios del año pasado empecé a cubrir la guerra entre las autodefensas y el cártel de Los caballeros templarios, me pareció que se trataba de una de esas hilarantes leyendas urbanas (o campiranas) que son más risibles que aportadoras de un dato del cual jalar una hebra para obtener información relevante. Municipio al que iba, pueblo al que acudía, todo mundo, absolutamente todos los pobladores con los que hablaba mentaban el apodo: El Chayo. El Chayo mandó a hacer esto, El Chayo mandó a hacer esto otro. ElChayo nos mandó a decir que… ¿Nazario Moreno González? ¿El líder de los Templarios? ¿El que el gobierno de Felipe Calderón dio por muerto durante enfrentamientos ocurridos los días 8 y 9 de diciembre de 2010 en el municipio de Apatzingán? Absurdo. Sonaba a esas historias de que Pedro Infante vive y canta de incógnito en cantinas, o a esos alucines de que Elvis Presley pasea anónimamente por bares gringos donde entona rolas.

Las primeras veces trataba de hacerle entender a la gente de Tierra Caliente que si un gobierno federal había anunciado su muerte, era porque efectivamente tenía pruebas irrefutables de que el sujeto había fallecido. Lo otro sonaba a carcajadas hasta que duele la panza. No podía ser. Ni en la novela peor concebida ocurre eso. No. Solo en Hollywood pueden verse esperpénticas historias de ese tipo. Los calentanos empezaron a molestarse conmigo. Primero me miraban con burla, con desdén, pero luego pasaron a verme con enfado. Cesé. “Allá ellos con sus mitos”, pensé. Tal vez necesitaban un villano inmortal para armarse de valor y emprender su hazaña, su epopeya.

Al paso de los meses empecé a recibir información atendible: no había confirmación contundente de que había muerto. Primero me lo dijeron militares: no tenían una sola prueba rotunda de que hubiera fallecido. Todo se remitía a las transmisiones de radio de los Templarios durante los momentos finales de aquellos combates. Lo mismo me decían en la Policía Federal. Nada sólido adicional. Lo único asible era un libro escrito por el propio Chayo, una especie de autobiografía inconclusa, la cual no habría terminado justamente porque habría sido abatido, y que la familia y sus compañeros de armas habían decidido concluir y publicar con un capítulo extra: el relato de aquellas refriegas donde habría caído.

Pero, ¿y si era una coartada para que El Chayo dejara de ser uno de los capos más perseguidos? En el epílogo del librito se reproducen hasta testimonios de la madre llorando la supuesta muerte de su hijo. Y como colofón, se explica ahí por qué no había cadáver del muerto: porque supuestamente lo habían incinerado.

Después fueron varios líderes de las autodefensas quienes, fuera de cámaras, me narraban sus contactos con… el muerto: cómo, después de la supuesta muerte, los buscaba a fin de ponerse de acuerdo para detener la guerra, cómo les enviaba mensajes, cómo les mandaba emisarios. Me daban fechas y lugares de encuentros. Recientemente empezaron a hacerlo ante las cámaras. En cualquier caso, desde el principio lo publiqué en crónicas.

Reitero: ¿qué gobierno, qué presidente de qué país informa que mató a alguien… que no mató? Que sus tropas no abatieron. Uta. Y sí: tenía razón la gente de Tierra Caliente: el muerto… estaba vivo.

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