La peor pérdida

“Vivimos como vivimos porque no sabemos vivir”, leí alguna vez que dijo un filósofo inglés en una entrevista periodística. Y sin embargo, pese a esa y muchísimas más consideraciones seguimos siendo testigos del mal vivir que caracteriza a la humanidad hoy.


La noticia de lo ocurrido en Monterrey en el Colegio Americano del Noreste, ubica en su exacta dimensión la tragedia humana en que se ha convertido vivir. No salimos de una y ya estamos en otra. Y lo mismo  es en Quintana Roo que en Nuevo León, Oaxaca, Baja California, Veracruz, Sinaloa, el Estado de México, Guerrero, Michoacán, Colima, Chihuahua o Tamaulipas.


El país se desangra por cada uno de sus poros. Lo de Monterrey, sin embargo, por su naturaleza, cobra mayor relevancia. Es un ejemplo triste y poco esperanzador de la realidad que transita, en este caso, la niñez y la adolescencia. La violencia victimiza a inocentes, pero también a los presuntos victimarios. Los mexicanos estamos padeciendo un fracaso inclemente, despiadado, de la convivencia familiar y social. De lo de Monterrey se dice todo, se califica y descalifica, juzgamos y sentenciamos: los culpables son los otros.


Es la orgía de la sin razón. Nada nos mueve ni conmueve hacia la búsqueda de un mejor estado de cosas. Vivimos una terrible orfandad en la que los niños sí son, y desde hace décadas, las víctimas principales. La historia se está quebrando en ellos: desatención, silencio, omisión, simulación, alejamiento, abandono, descuido, desamor. Les arrebatamos su infancia y los obligamos a ser adultos insensibles. Es la peor pérdida para el país: nuestra niñez.


Estamos encerrados en un solo círculo, no podemos salir. ¿Dónde comienza ese abandono de la niñez? ¿Por qué tantas excusas, palabras e ideas vagas? ¿Por qué tanta soledad y vacío existencial? El individualismo a ultranza se ha metido en las familias, en los hogares. Nada ni nadie importa. Un latigazo más del resquebrajamiento moral de una sociedad víctima de sí misma.


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