Torreón, su Hic et nunc

Se va el 2013. ¿Qué nos deja? ¿Qué aprendimos como individuos y qué como sociedad? Cada quien podrá tener sus propias conclusiones. Lo que es un hecho es que, nos vaya como nos vaya, estemos como estemos, en crisis o en bonanza, esperanzados o frustrados, nos mantenemos estoicos, en una permanente autocreación, reinventándonos como sea para no vernos arrastrados por el infortunio, por la decadencia y por las expresiones propias de uno de los peores momentos que vivimos como país y no se diga aquí mismo, en este pedazo de patria que es la región y, más propiamente, en la zona metropolitana de la Laguna. El lazo entre un breve historia y otra breve historia, entre una alcaldía que se va –en la parte duranguense de la comarca se fueron en septiembre- y otra que llega, es frágil, apenas perceptible, pero representa una enorme complejidad casi hecha sobrerrealidad.
Torreón no es cualquier ciudad, aunque ahorita mismo lo sea. Si queremos reubicarla, reposicionarla, relanzarla, entonces habrá que hurgar no en el vacío discurso oficial que la ha lastimado sino, a manera de ejemplo, en la locución (latina) hic et nunc, o sea, en su “aquí y ahora” sin rodeos, sin circunloquios, sin el aparente vedetismo con que gobernantes, líderes de opinión, mecenas y caudillos, académicos, intelectuales y demás miembros de la intelligentsia (zia) abordan su estado actual pero sólo por encimita, sin entrar en lo que subyace, en lo que está ahí abajo, en sus raíces, en las arterias que se cruzan y entrecruzan. Torreón es una ciudad moderna, pero no la más. Exige nuevas formas de gobierno, pero no más de los mismos gobiernos; reclama la participación activa y propositiva, sagaz y brillante, honesta y decente, de quienes a partir del 1 de enero se harán cargo de su destino por los próximos cuatro años. Un gobierno extraordinario, capaz de reinsertar a Torreón donde la ciudad lo merece y más sus habitantes.
Torreón debe dar un giro de 180 grados, situarse en el otro extremo que hoy la domina. Y para ello, según la gente de la calle, sus nuevas autoridades tendrían que pedir perdón por los tantos yerros cometidos por la clase política que se va; y aceptar, con serenidad y en buena lid, que su arribo es consecuencia de una acción pública y no aislada. La ciudad es de todos, no de unos cuantos.
Que el 2014 sea pródigo.


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