Reacción al 2018

A toda acción una reacción. El país despertó ante el mandoble del (des)gobierno con el llamado “gasolinazo” y el torrente de aumento de precios en servicios y productos. Lamentablemente nada sorprende. Ni la enésima decisión antipopular del peñanietismo como tampoco el discurso oficialista que se arrastra moribundo para justificar y respaldar medidas que, inobjetablemente, van en contra de la economía de las familias mexicanas. La demagogia alcanza niveles insospechados.

Solo que esta vez esa gente anónima, esa masa desconocida pero latente, sí se disgustó. La paciencia se agotó y, con o sin razón, el repudio se está expresando y ya hay una respuesta contundente: el PRI entregará la presidencia de la república en 2018. Previas otras entregas.

Los saqueos y abusos de la raza, que tampoco se justifican, son muestra del desorden y la pobreza que imperan en medio del caos político y –la mayoría- de los gobiernos municipales, estatales y el federal. Municipios, estados y país les han quedado muy grandes a los y las gobernantes. ¿Cómo y porqué llegaron al poder estas personas?

Otra vez los mil y un porqués, las preguntas serían interminables. A final de cuentas, lo único comprobado, también por enésima vez, es que el sistema político mexicano ya debe desaparecer para dar a paso a otro, a nuevas formas de gobernar, a mejores fundamentos políticos, a otras estructuras de pensamiento más humanas y nacionalistas, más responsables, éticas y morales, más justas para todos.

Vemos lo que se difunde por vía de las redes sociales, que en el contexto están jugando del lado oscuro, ensuciando el proceso comunicativo de lo que sucede en realidad en la calle, de lo que de veras la gente anhela. Hay tanta maldad y perversión que pareciera que nada ni nadie es inteligente en estos momentos tan críticos. Hay pesadumbre, cierto. En mi no corta vida, creo que hoy me pesa más el poder ejercido por esa casta de desnaturalizados.


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