Enajenados

Llena de ruidos, enajenada, dócil hasta el tuétano, a la sociedad que todos hacemos nos mueve como se les antoja a quienes nos tocan el pandero. Sea que la selección mexicana de futbol o el Santos juegan, nos ordenan “pónganse la verde”; que si fulanito o perenganita fueron palomeados como aspirantes a equis puesto de “elección popular”, hay que apoyarlo, es la “candidatura de unidad”, “el mejor cuadro del partido”; que los índices de inseguridad pública han descendido, órale, creen que lo creemos; que a alguien se le ocurrió que los martes son “de canasta”, ahí vamos en desfile a comprar a los supermercados; que está increíble el “último disco” del o la cantante televisivo(a), nacional o extranjero, ¡pum!, se multiplican las ventas; que una u otra familia de empresarios-políticos en Gómez Palacio sumarán fuerzas para alcanzar la gubernatura duranguense, ¡zúmbale!, el ánimo grillesco va pa’rriba y los medios difunden la especie; que los puestos móviles de comida rápida (pomposamente llamados foodtruck) operarán bajo reglamento, ¡tómala!, como si no existieran desde hace décadas.

¿También los Lonches Don Chilo, Don Jaime y Popochas? ¿Y los de mariscos y frituras que lle-van muchísimo tiempo vendiendo tentenpies a la raza? Al rato van cobrar derecho de sobrevivencia –si no es que ya- a los jóvenes que obtienen unos pesos exponiéndose y haciendo malabares en los cruceros. Toca turno a la mariguana. Que si sí, que si no. Que si atentan, que si las leyes, que si la ciencia, que si… El Chapo se frota las manos.

Algo irrefutable: cada vez a más temprana edad niños y jóvenes empiezan a consumir no sólo la hierba sino peores drogas. Lástima que en este salvaje ametrallamiento público, olvidemos a la indígena oaxaqueña María Sabina, a quien El Tri no tuvo empacho en reconocer y homenajear a propósito de su sensibilidad y poderes curativos con hongos psilocibios.

Lo del apagón televisivo es memorable. Queda claro que desde arriba alientan su adicción en un país embrutecido por “La droga que se enchufa”, como el título de la obra de Marie Winn.

Y, pa’cabarla, el “Buen fin”. Que les sea leve. 


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