Doña Susana

Febrero 11, 12:05 horas. La vi sentada sobre una silla de ruedas, al pie de la escalera de la sucursal de Bancomer Alameda. Yo, subí presuroso. Volteé a verla sin detenerme, debía hacer un trámite. No tardé casi nada. Bajé buscándola y me detuve frente a la señora. Quise conocerla. Ella pedía limosna.Doña Susana Casas Ibarra resguardaba sus ojos tras unos gruesos lentes. Su cabello blanco, lacio, lo recogía y apretaba en una cola con una pinza de plástico. Morena, de ese color que el sol lagunero imprime, me platicó que un día antes “un señor” le puso en sus manos un par de dientes, “quesque porque era lo único que traía”. Aceptó el hecho en silencio. Rato después, otro cliente bajó y le obsequió 150 pesos.“Esos dientes me trajeron suerte”, dice y sonríe amable. Sus ojos se empapan al recordar que el 21 de diciembre pasado “mi hijo murió en la Cruz Roja”. Su hijo Guillermo, de 40 años, padecía de hepatitis y estuvo internado “en el piso de arriba” en la institución. Ni en el Centro de Salud ni en el Hospital Universitario lo atendieron, dice, por la falta de camas. Memo ahí murió. Anciana, de 75 años, viuda, abandonada, no tenía un solo peso para sepultarlo. Recorrió, como pudo, algunas calles de Torreón Jardín, “pos pensando que ahí tienen su dinerito, verdad”. No consiguió nada, excepto negativas: “no hay señora”, le respondían. “Pero mi padre Dios puso a un compadre en mi camino que hacía años no veía. Me prestó para una caja y enterré a Memo en el panteón Coahuila”. Le paga de a poquito, como puede. La desgracia siguió. Su hijo era obrero “en la metalúrgica” y tenía una vivienda en la colonia Lucio Blanco. Pero “una trabajadora social” de no recuerda qué, la despojó.Hoy pasa las noches en un rincón de un hotel ubicado en Juárez y calle 11, donde doña Susana trabajó antes de sufrir una embolia. Sus labios muestran un par de cicatrices, recuerdos del hombre “con el que me arrejunté después de enviudar”. Está sola.  


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