Cultura ¿para…?

La instalación del consejo municipal de cultura en Torreón es, de primera vista, una buena medida. Lo integran personas que no necesariamente son identificadas por la población sino por los estratos sociales a los que pertenecen, donde gozan de presencia. De las ocho que fueron seleccionadas, conozco un poco a Lucrecia Martínez y Federico Ramos y, más por coincidencias ideológicas y hasta estéticas, de amistad, a Oralia Esparza, una mujer vasta, bien querida y respetada por su trabajo de años y años con los jóvenes, ajena a las veleidades de la política urbana. De Manuel Portilla sé, porque lo he escuchado, de su pensamiento social, crítico, y de su calidad musical. De Luisa Villegas y María Elena Barrondo, nada, mis respetos. Fernando González Ruíz sé que tiene un pasado universitario interesante en el DF y es exitoso empresario. Antonio Méndez Vigatá es empresario de la educación.
Ellos deberán cumplir con una labor de diagnóstico, auscultación, supervisión y más acerca del “exquisito” mundo cultural nativo, apoyar o no, autorizar o no lo que en materia de cultura se genere, proponga y programe en Torreón. Es decir, en sus manos estará la suerte del trabajo que, desde la presidencia municipal de Miguel Riquelme se destine al resto de la población, incluso transparentando el uso de los recursos públicos. Buena encomienda en un sector caracterizado por el protagonismo y la pose, las simpatías y antipatías, los favores y las venganzas, las capillitas. Algo que se presume deberá ser fundamental es la aplicación del dinero, que haya una correcta y equilibrada asignación de esos recursos, que no impere el gusto o la afición de quienes dirigen sino la necesidad social, trabajar por la ciudad desde la niñez, desde los futuros ciudadanos de Torreón que, por hoy, incluso hasta ignoran que la promoción y difusión de la cultura (como un absoluto), deben ser orientadas a su favor, en su beneficio.
Vivir Torreón desde, por y para la cultura, es privilegiado. Producirla donde hace falta, sin populismos ni demagogia, es el gran reto, reclama sensibilidad, humanismo, compromiso. Urge romper la historia actual en la que unos cuantos, los de siempre, juegan sonrientes y complacidos a la cultura, sea en instancias públicas o privadas. Renata Chapa habrá de pasar del discurso a los hechos, y vencer y convencer no a los de siempre, sino a los que siempre esperan o ya ni esperan.


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