La vida inútil

Los viajes ilustran…. y engordan

Mi familia y amigos saben que tengo una debilidad por viajar a la menor provocación. Siempre he pensado que es una de las mejores inversiones de vida. Explorar otras ciudades, otros países, es una forma de hacer un curso intensivo de varias materias a la vez: historia, geografía, arquitectura, idiomas y hasta comercio internacional.

No es que viaje todo el tiempo, dado que simple y sencillamente hay que trabajar mucho para poder viajar. Pero hasta para eso he tenido suerte. Algunas de mis actividades profesionales me han llevado a muchos lugares. Y las que no me llevan, me las llevo yo y puedo ejercerlas gracias a la tecnología, como mis grabaciones comerciales o mis escritos que puedo enviar por la internet.

Cada viaje es una oportunidad de descubrir algo nuevo que, por el llano hecho de ser novedoso, se vuelve interesante y enriquecedor. Lo de enriquecedor aplica solo para nuestro acervo de conocimientos, porque un viaje a un país cuya divisa es el dólar o el euro, así como están de canijas las cosas en la economía, puede resultar más bien empobrecedor. Pero siempre acabará mereciendo la pena.

Los viajes son una fuente de cultura, nos abren los ojos y también el apetito. Ni importa si estamos cuidando la línea o llevamos algún régimen nutricional especial. Cuando viajamos, la dieta puede esperar y nos concedemos una licencia temporal para darle rienda suelta a nuestros antojos y con católico fervor pecamos de gula a diestra y siniestra. Que se cuide todo lo que se nos atraviese y tenga pinta de poder ser deglutido.

Estarán ustedes de acuerdo conmigo en que una de las caras más seductoras de viajar es probar la comida de la región visitada. Comer los platillos propios de cada lugar es una genial manera de asomarse a una cultura. Claro, también hay que recorrer las calles, ir a uno que otro museo o visitar un templo con historia, se aprende mucho y de paso se queman unas calorías.

Nunca he negado mi proclividad por la comida. Todo lo contrario, la he admitido sin trabas, y viajar es la oportunidad perfecta para ejercer con libertad el hobby de hobbies que es mover el bigote con singular alborozo.

Es un legado de mi padre que, cuando viajábamos en familia, durante el desayuno, espléndido por lo regular, ya estaba planeando el lugar y la hora del siguiente atracón.

Recién llegué de un fantástico viaje a Madrid, a donde fui, en primer lugar, con miras a extender mis actividades profesionales y de negocios, y en segundo término, a disfrutar de la cultura, de la magnífica gastronomía española y de mis amigos madrileños. El primero de los objetivos obtuvo muy buenos resultados, pero, acá entre nos, el segundo los tuvo mejores y más gozosos.

Mis días de estancia en Madrid constaban de una parte de trabajo, otra de visita a algún sitio de interés, donde suelen ir los turistas, y una parte mucho más epicúrea: la de coronar cualquier actividad realizada -por ínfima que fuera- con una buena y opípara comida.

Como agravante tenemos que mis amigos madrileños padecen sibaritismo galopante y me es imposible sustraerme a sus incitaciones a regocijarnos gastronómicamente en sitios estupendos que ellos conocen como nadie.

Cuando los antojos sobrepasan al número de días que dura el viaje, es obligatorio apurar el paso para alcanzar a recorrer cada taberna, restaurant, cervecería o café. Así que no había día que no visitara por lo menos un templo, pero del buen comer. Cocido, paella, chuletón de buey, callos a la andaluza, rabo de toro, pimientos con ventresca, huevos rotos, fabada, calamares, jamón de Jabugo, pulpo a la gallega, aceitunas, que se me salían hasta por las orejas, y muchas maravillas más, imposibles de referir por espacio y falta de memoria, no la de la computadora sino por mi mala memoria.

Repasando todas estas delicias sentí un repentino golpe de hambre, pero, como ya estoy en modo de vida normal, creo que lo prudente es cenar ligero y esperar al próximo viaje para darle vuelo a la hilacha. Con algunas excepciones en el ínter, por supuesto.

Humorista, redactor, locutor, actor y cantante
Miembro fundador del ensamble de humor musical Radiopatías
@jmportillo