La vida inútil

En recuerdo de Fidel

Mi gusto por los perros se remonta a mi más tierna infancia. Desde que tengo memoria -mala, pero la tengo- hubo en casa canes que gozaban de beneficios y privilegios que ya los hubiéramos querido los humanos que ahí cohabitábamos.

Por un tiempo tuvimos un perro de raza incierta, pero muy bonito, regalo de alguna amiga de mi mamá, y que fue fruto del amor de su perrita con algún galán criollo. Solo por no dejar de mencionarlo, antes, a un perro que no ostentaba ningún tipo de clase o raza y que no pasaba la prueba de ser levantado del pellejo de la nuca sin que chistara con un chillido, se le llamaba simplemente perro corriente. Ahora se les llama criollos.

Al igual que con los bebés, cuando llega a casa una mascota de cualquier especie, el primer tema que se discurre en casa es el nombre que se le va a poner. Nuestros perros siempre tuvieron nombres perrunos y de lo más cursi: Dino -como la mascota de Los Picapiedra-, Gorda, Curiosa, Cachucho, Coqueta, Mechas y otros más. Pero el can en cuestión fue el único que tuvo un nombre humano: Fidel.

Era de talla mediana, gallardo, con ojos grandes, orejas largas con las puntas  torcidas que solo se erguían cuando algún sonido despertaba su interés, de abundante pelo blanquinegro, hocico afilado y barbado, y lengua larga e inquieta. Por su aspecto, era un perro de lo más normal. Pero Fidel era un can especial por su carácter.

Desde que llegó a casa nos tomó la medida a cada uno de nosotros, especialmente a mi mamá que era quien le suministraba el alimento, algo para lo que los perros no tienen tope. Seguramente usted ya lo ha comprobado, se sienta a la mesa a comer con un perro a un lado y el chucho nunca deja de pedir. Por más comida que usted le convide, él seguirá ahí, ladrando o solicitando con la pata pedacitos de lo que usted come. Fidel no quería croquetas, él quería de nuestra comida. Y la conseguía.

Supo granjearse todo tipo de prebendas y afectos. Podía dormir en la cama de cualquiera de nosotros y llegó un momento en que había que pedirle permiso para compartir el espacio.

Con su astucia y gracia, Fidel supo convertirse en el amo y señor de todos los espacios de la casa y, claro está, ganarse nuestro afecto. Con el tiempo desarrolló dotes histriónicas. Empezó a hacernos creer que más que un perro, era un humano en cuatro patas. Por ejemplo, cuando quería un premio, que podía traducirse en galleta o alguna otra golosina, hacía un gesto, enseñando los dientes de arriba, que nos hacía pensar que sonreía. Eso bastaba para obtener todo cuanto creía merecerse. Tenía ladridos y gruñidos que los miembros de la familia aprendimos a interpretar. Cada uno correspondía a un capricho o necesidad que nosotros satisfacíamos puntualmente. Nos tenía rendidos a sus pies. Patas, pues.

Así como podía ser un bravucón cuando algún perro o cristiano se acercaba de más a su territorio, también solía ser un perro seductor que sabía conquistar con sus encantos a sus congéneres femeninas. Tenía la puerta abierta para salir de casa y volver a su gusto y conveniencia. Y como a nuestro alrededor vivían algunas perritas de no malos bigotes, Fidel solía hacerles visitas furtivas y propinarles momentos de pasión desenfrenada. Tenía, al igual que con el alimento, satisfacción carnal a libre demanda. Más de una vez algún vecino tocó a nuestra puerta para reclamarnos que su perrita había dado a luz a una camada de cachorritos que acusaban los mismos ojos saltones y la misma sonrisa de Fidel.

Fidel tuvo una vida feliz. Murió de viejo. Cuando se fue, la tristeza nos invadió y vivimos días de duelo familiar. Pero, pasado un tiempo, recobramos la tranquilidad y, por qué no reconocerlo, algunas libertades y espacios que habíamos perdido.

Estos últimos días me he acordado de él. Viva Fidel. 

@jmportillo