La vida inútil

Los excesos de diciembre

Diciembre es el mes de los excesos. Excesos en muchos ámbitos. Excesos por aquí y excesos por allá. Pero, al final, excesos para los cuales nos damos permiso.

El despilfarro es uno de ellos. Si durante el resto del año tendemos a cuidar el gasto con celo, en diciembre nos desquitamos con dicha inicua. Las ofertas y las ventas especiales de fin de año nos aprietan el botón y nos ponemos en modo de gastar como si el mundo se fuera a acabar mañana mismo. Conozco gente que espera con ansias, y por meses, el aguinaldo, y cuando lo recibe, le dura aproximadamente una hora y media, el mismo tiempo que tarda en trasladarse al centro comercial y hacerse de una pantalla de 60 pulgadas, comprar unos tenis de marca, buscar unos regalos para la familia y acudir a abonar a alguna deuda de pagos facilitos.

Regalar es una obligación y también lo hacemos en exceso. Iniciando el mes de diciembre, en las oficinas se organizan los tradicionales intercambios de regalos por sorteo secreto en los que diariamente se tiene que dar un pequeño presente a manera de orgía a ciegas: todos reciben pero no saben quién les está dando.

Estos intercambios también son muy socorridos entre las familias numerosas para no tener que hacer un regalo a todos, lo cual resultaría en la declaración de bancarrota de aquellos que tienen a su cargo la compra de los presentes. Es una mucho más razonable costumbre sorprender a alguien la noche del 24 de diciembre con algún regalo inesperado. Y vaya que hay sorpresas. Especialmente cuando la tía de tu mujer o tu marido, esa a quien no ves en todo el año ni por error, mucho menos por gusto, esa que no sabe de ti más que el nombre, es a quien le tocaste en la rifa y, para cumplir con el trámite, te agasaja con un bonito suéter de rombitos que, si eres observador, huele a guardado y, si eres aún más suspicaz, también huele a difunto. Posiblemente al tío Finito, esposo de la tía, que Dios tenga en su gloria.

Diciembre, mes de los excesos, es también la época en que mover el bigote es un ejercicio intenso. Comidas, cenas, reuniones de fin de año, posadas, etc., son oportunidades en las que no podemos resistir la tentación de atracar con frenesí todas las guzguerías de la temporada. Pero eso es solo el preámbulo. Los momentos cumbre tienen lugar en las cenas del 24 y 31 de diciembre, noches en la que hay más comida que comensales y siempre sobra en abundancia. Para aniquilar este remanente existe el recalentado, el momento sublime que le da un segundo aire a las viandas del día anterior. Y, como sucede con muchas señoras, el segundo aire las pone mejor. Iba a escribir más ricas, pero me pareció algo inapropiado.

Aparejado al gusto gastronómico de la temporada, beber es parte sobresaliente de esta lista de excesos. A menos que usted sea un abstemio empedernido, no hay manera de quedar totalmente a salvo de los efectos de Baco en esta época. Cualquier ocasión, por insignificante o inapropiada que parezca, se puede convertir en un brindis. El domingo pasé a casa de un primo a recoger un taladro que me iba a prestar, y antes de que yo pudiera salir de su hogar de regreso al mío, él me invitó una cerveza, sólo una, para que no se acabe el año sin brindar, luego sacó una de tequila, una botana, y, sin darme cuenta, aquella visita rápida terminó en francachela de varias horas, con música a todo volumen, abrazos, risas y anécdotas familiares que ya estaban en el olvido. Por cierto, olvidé el taladro.

Otra cara de los excesos de diciembre es que se nos alborota lo cursi. Por todos lados vemos la parafernalia navideña, de colores rojos y dorados, y escuchamos villancicos hasta que se no salen por las orejas, que es por donde entraron,  y nos parece de lo más normal. Pero de esto les cuento en la siguiente ocasión. 

@jmportillo