La vida inútil

El control remoto

El control remoto es uno de los inventos más útiles, junto a la rueda, la imprenta, la lámpara incandescente y los Kleenex.

Este artefacto nos ha hecho la vida más cómoda; con él podemos poner a funcionar, sin esfuerzo, muchísimas cosas. Pero también tiene sus desventajas. Antes, los únicos que tenían la capacidad de operar o mover objetos a distancia eran los mentalistas que practicaban la telequinesis. Con la proliferación del control remoto, a estos pobres les ha venido a menos el trabajo.

Es interesante como estos adminículos le han dado a nuestro dedo pulgar un poder nunca antes imaginable. Este poder nos abre muchas puertas, especialmente las eléctricas.

Previo al surgimiento de estos dispositivos, los controles remotos éramos los niños. Mi abuela, que pasaba temporadas en nuestra casa, era una apasionada devoradora de telenovelas, esos engendros mexicanos, mezcla de drama y comedia involuntaria, que durante una época se dividieron en dos amplias clasificaciones: las telenovelas de Verónica Castro y las de Lucía Mendez. Pues bien, mi abuela me usaba de control remoto, ya sea para sintonizar el canal, para ajustar la imagen, para subir y bajar el volumen o para traerle su pastilla y un vaso de agua.

– Juan Miguelito, ya va a empezar Simplemente María, prende la tele para que se vaya calentando.

Muchos de ustedes, gente joven, se preguntarán: ¿Qué es eso de que se vaya calentando? Pues eso. Antes los televisores eran como los hornos de cocina, no solo por su tamaño y forma, sino porque también se tenían que encender y precalentar. Luego era esperar a que un puntito de luz se expandiera poco a poco hasta develar la imagen completa. Era como una aparición, casi una experiencia religiosa. Al igual que los hornos, con el uso de varias horas la tele se calentaba a niveles de susto. Un día de Navidad el televisor de casa se calentó tanto que mi madre le metió un pavo y lo cocinó en un dos por tres.

Como muchos de los inventos de la humanidad, el control remoto tuvo su origen gracias a la pereza de su comodino inventor y a la rebeldía de su pequeño hijo que un buen día, hastiado de que su padre le pidiera una y otra vez cambiar el canal, le puso un hasta aquí.

Las primeras versiones de estos aparatos tenían un cable grueso que lo unía físicamente al televisor; de modo que muy remoto no era. Este diseño provocó un alza en la venta de televisores y una caída estrepitosa de mi abuela al tropezarse con el cable. Afortunadamente salió ilesa. La televisión. Mi abuela sí resultó un poco lastimada.

Con el invento de los rayos infrarrojos, los remotos pudieron liberarse del cable. Fue como la declaración de independencia de estos aparatos que, encima de ser manoseados y maltratados por todos, tenían que soportar ese yugo, esa atadura. Ya sin el cable, los imagino tan jubilosos como los niños que se emanciparon de ser los controles remotos de los padres.

Ahora existen controles remotos para todo: para el aire acondicionado, el auto, una puerta, un equipo de audio o para encender una lámpara cuyo interruptor está más cerca que el propio control remoto. Es tal el descontrol que hay en el uso y abuso del control, que debe existir ya un control remoto para operar otro control remoto.

A lo largo de los años uno va acumulando estos artefactos indiscriminadamente. Yo tengo cajones que parecen fosas comunes de controles remotos. Todos tenemos una caja que funciona como morgue de estos pobres aparatos, inertes, con sus paneles desdentados y con sus entrañas oxidadas y corroídas por los ácidos de las baterías que nunca tuvimos el cuidado de extraerles. ¿Para qué almacenamos estos controles inservibles? La respuesta es la misma que normalmente damos para muchas otras cosas que guardamos: «por si acaso». ¿Por si acaso qué? ¿Por si acaso resucitan de su letargo? ¿Por si acaso la tecnología con el tiempo involuciona, en lugar de evolucionar, y estos aparatos se vuelven compatibles con un dispositivo del futuro? Es como cuando las mujeres guardan su vestido de novia por si acaso. Mal augurio.

Los controles actuales son algo complicados. Tienen un montón de botones de diversas formas y colores con letras tan pequeñitas que hay que usar una lupa para leerlas. Deberían vender controles con lupas incluidas que salieran de una ranura del cuerpo del artefacto, como navaja suiza. Y aprovechando ese diseño, podrían también agregarle un sacacorchos y una cuchilla bien afilada para cortarnos las venas y dejar de sufrir una telenovela mexicana.

Para simplificarlos, a los remotos yo les quitaría por lo menos la mitad de los botones. Es más, dejaría solo el de encendido, el de volumen y el de cambiar canales. Total, si hay que realizar algún otro ajuste en la tele le pido a mi hijo Santiago que lo haga por mí.

@jmportillo