La vida inútil

La chica del clima

Cada vez veo menos televisión. Y me refiero a la tele de los canales tradicionales, esos de las telenovelas donde la protagonista, surgida de las alcantarillas y crecida en la indigencia más atroz, termina enamorada de un millonario portentoso con quien no se puede casar porque, quién sabe por qué misterioso azar, resulta ser su primo, su medio hermano o incluso el hijo que abandonó a las puertas de la iglesia cuando lo parió; hablo de esa televisión de los noticieros donde las notas informativas son una sucesión de desgracias, desde la sección económica, la policiaca, la internacional y la política. Hasta la sección deportiva es un trago amargo porque siempre pierde el equipo al que le vamos. En resumen, hablo de la televisión donde las noticias nos producen llanto y las telenovelas nos dan risa.

Pero a veces uno ve televisión por equivocación y hace unos días fue el caso. Me encontraba con mi familia comiendo en un restaurant donde tienen algunos televisores como medio de entretenimiento para los comensales, como si no bastaran las pantallas de los teléfonos celulares que todos consultan entre bocado y bocado. Pues bien, aquella noche, el restaurant se encontraba concurrido, las personas conversaban, reían, y de rato en rato volteaban la mirada a alguno de los televisores que pasaban un canal de noticias. Todo transcurría con normalidad hasta que, de pronto, aparece en la pantalla una figura femenina -enfundada en un vestido rojo, breve, de amplio escote-, con curvas tan pronunciadas que quitaban el hipo, dignas de la fórmula uno. Era la chica del clima. La que, delante de una imagen nebulosa, nos informa de las condiciones climatológicas que prevalecerán para las próximas horas en el territorio nacional.

Cuando la joven presentadora apareció de frente en la pantalla, permitiendo a los espectadores darse una idea bastante aproximada, no del clima, sino de lo que aquel atrevido escote guardaba en su interior, y  mostrando como su cintura se insertaba en unas caderas de proporciones bárbaras, el murmullo de la concurrencia se precipitó en caída libre. En segundos las voces de los presentes, especialmente las de los caballeros, dejaron de escucharse y solo se percibían algunos susurros y el sonar de los cubiertos y la vajilla.

Entonces, la exuberante joven adoptó una sugestiva posición de perfil, con el pecho enhiesto, moviendo sus brazos en una especie de coreografía para señalar que algunos frentes y masas de aire estaban entrando y haciendo estragos en ciertas zonas. Y en efecto, fui testigo de que, en la zona donde estábamos, ciertos frentes -y masas de la parte posterior- causaban estragos en la mayoría de los absortos asistentes.

Las señoras, primero se mostraron indignadas ante las miradas concupiscentes de sus maridos, pero luego optaron por unirse a la comunidad televidente, sin faltar, por supuesto, aquellas que criticaban con severidad y ojo clínico las imperfecciones, defectos y excesos quirúrgicos de la joven de la tele, mismos que eran absolutamente invisibles para los señores.

Mientras veía a la mujer de la pantalla, me pasaron por la cabeza algunas cuestiones.

Por ejemplo que, si el hecho de que los pronósticos del tiempo sean presentados por señoritas de buen ver, captando así la total atención de los caballeros, demuestra que la climatología es un asunto de interés predominantemente masculino, como el box, el futbol americano o comer alitas con cerveza. Y si fuera así, ¿por qué entonces las especialistas en la materia son mujeres?

Me pasó por la cabeza la posibilidad de que la chica del clima fuera una estupenda periodista en ciernes, haciendo sus pininos, pero luego pienso en aquellas que considero buenas periodistas y ninguna tiene esas tremendas curvaturas. Me pasó por la cabeza la revelación de que no había escuchado ni entendido un cacahuate las predicciones meteorológicas de la chica. Y la verdad ni me importaban.

Pero lo más contundente que me pasó por la cabeza fue un pedazo de bolillo que me lanzó con puntería olímpica mi mujer desde el lado opuesto de la mesa.

@jmportillo