La vida inútil

Ahora, ahorita y ahoritita

En México, nuestro concepto del tiempo suele ser bastante subjetivo. Esto da como resultado nuestro estilo impuntual, pachorrudo y campechano.

Este curioso rasgo lo expresamos con palabras y frases que nos permiten escabullirnos de la guadaña del reloj y del implacable calendario.

Un buen ejemplo es la palabra “ahorita”, un curioso adverbio que utilizamos los mexicanos con un significado de lo más acomodaticio.

Ahorita es el diminutivo de “ahora” y al declinarlo a la idea de algo chiquitín -que, por cierto, es diminutivo de chiquito y que, a su vez, es diminutivo de chico, que ya es de por sí algo pequeño- le estamos concediendo un sentido de inmediatez. Sin embargo esa connotación es bastante elástica y, como tal, la podemos estirar tanto como se requiera según las circunstancias. Si se utiliza en una oración imperativa, como cuando las mamás le ordenan al chamaco “tiende tu cama ahorita”, su sentido es de “ahora mismo”, pero cuando el insurrecto vástago, receptor de tal orden, responde “ahorita la tiendo”, lo más probable es que su significado sea “la tenderé cuando se me dé la gana”.

Cuando decimos “ahorita vuelvo”, el tiempo que puede pasar entre la afirmación y el hecho mismo es absolutamente discrecional. Así le dijo su esposo a mi tía Remedios, un día que salió a comprar cigarros hace 45 años, y hasta la fecha no se le ha visto ni el polvo. Dado el respetable tiempo que ha transcurrido, mi tía empieza a considerar con resignación la posibilidad de que ya no regrese.

Como un intento de contrarrestar la volatilidad de la palabra “ahorita”, hemos inventado una derivación más enfática: “ahoritita”. Este súper diminutivo es una forma de aumentar, paradójicamente, la inmediatez de la acción. Por ejemplo, si usted tiene ganas de hacer pis con urgencia, no utilice “ahora” ni “ahorita” para pedir que le abran paso hacia el W.C., use “ahoritita” y la gente entenderá mejor su inaplazable necesidad.

Otra manera indefinida de decir que haremos algo es utilizando la frase “a la brevedad posible”. Esta expresión es aún más etérea y no compromete nuestra agenda en lo más mínimo, solamente sugiere que la acción se realizará lo más pronto que se pueda. Pero precisamente ahí está el truco. Si el mecánico se tardó un día, una semana, un mes o un año en cambiarle las escapirofletas al auto, no se admiten reclamaciones porque ése fue el plazo “posible”.

Sucede muchas veces que nos encontramos a algún conocido por la calle y decimos con un entusiasmo más falso que un billete de 30 pesos “¡urge que vayamos a comer a algún lado, tenemos muchas cosas que platicar!”, a lo que el interlocutor responde con el mismo alborozo fingido “¡sí, claro, hay que vernos, tenemos que ponernos al día!”. A la propuesta le sigue un “nos hablamos” o un “nos ponemos de acuerdo”. ¿Qué significa “nos hablamos”? ¿Que ambos se llamarán, el uno al otro, y el otro al uno, para el mismo asunto? ¿No sería mejor que el primero dijera “te llamo mañana” o el día que se le dé la gana, y el segundo aceptara la iniciativa o hiciera una contrapropuesta? Si realmente les urge ir a comer juntos, decir la vaguedad de “nos ponemos de acuerdo” es la mejor manera de no hacerlo, lo cual lleva a pensar que ninguno de los tiene la menor intención de ir con el otro ni a la esquina.

“¿Me permite un minuto?” Es otra expresión que no corresponde con la noción de minuto que nos enseña el diccionario. Por más corriente que sea un reloj, su segundero tardará 60 segundos en dar un giro de 360 grados. Pero en nuestra vida diaria, un minuto puede ser cualquier otra cosa menos 60 segundos. Hace unos días llamé a mi banco -que en realidad no es mío, sino más bien creo que, de alguna manera, soy yo quien es propiedad del banco,- para hacer una aclaración de un cobro indebido a mi tarjeta de crédito y, habiéndole planteado mi asunto al asesor, éste me pidió que permaneciera un minuto en línea. En efecto, el sujeto me tuvo en espera un minuto. Y otro y otro y muchos más. De vez en cuando, el tipo regresaba a la línea para hacerme saber que me seguía atendiendo -o desatendiendo, más propiamente dicho- y así transcurrieron algo así como tres cuartos de hora. Al final, mi asunto no pudo ser resuelto en su totalidad pero el empleado me pidió que le regalara otro minuto dentro de unos días para conocer los avances. Con esta noción del tiempo, el **Vals del Minuto de Chopin sería una obra en tres movimientos e intermedio.

Estas y muchas frases más forman parte de nuestro repertorio de ambigüedades e imprecisiones, que, dicho sea de paso, son inevitables y hasta necesarias.

Ahora que me acuerdo, ahorita tengo una cita y tengo que salir ahoritita.

Hasta la próxima.

@jmportillo