La bicicleta que atropelló al carro

Durante los últimos diez años Guadalajara ha estado gradualmente transformando carriles automovilísticos a ciclistas en algunas de sus avenidas más transitadas. Sin duda es un esfuerzo noble en un ámbito que desesperadamente necesita proyectos libres de avaricia y corrupción. Desafortunadamente, la ciclovía no es una opción adecuada para los tapatíos.

La iniciativa de añadir ciclovías a la ciudad es correspondiente a las tendencias urbanas del siglo XXI. Los habitantes están regresando de los suburbios para reconcentrarse en edificaciones verticales, formando zonas con mayor densidad poblacional y de uso mixto para vivir, trabajar y recrearse con menor tránsito. A su vez, esta re-migración ha generado una demanda de alternativas de transporte al automóvil, dentro de las cuáles, el adaptar carriles existentes para bicicletas es más barato e inmediato que construir una red de trenes.

Muchos creen que el obstáculo para las ciclovías es que los residentes no tienen la cultura de usar bicicletas como método de transporte, quizás tengan la razón. Los proponentes de las ciclovías quieren ejemplificar su potencial apuntando a ciudades europeas. No sé en qué ciudades europeas del tamaño de la capital jalisciense se usen bicicletas como un método de transporte sobre el automóvil, a mí no se me ocurre ninguna (Amsterdam tiene 800,000 habitantes y Copenhagen no llega a 600,000). Independientemente del tamaño, Guadalajara es una ciudad que se expandió en la época del automóvil y como tal, su tránsito natural es de distancias más largas que los de las ciudades europeas, las cuales tienden a ser más céntricas porque se desarrollaron antes del invento del motor de combustión.

La realidad es que, para vivir, trabajar y divertirnos, los tapatíos cubrimos distancias que no pueden ser realistamente transitadas de manera regular en bicicleta. También hay que aceptar que no hay el presupuesto para ampliar el transporte eléctrico para cubrir toda la zona metropolitana. En sí, la reconcentración poblacional hacia las zonas con mayor densidad poblacional debió haber sido contemplada desde más ángulos que simplemente rediseñar camellones y asumir que la gente usaría bicicletas. La planeación urbana era medular para encaminar a Guadalajara a su crecimiento vertical y no sólo estuvo ausente, fue claramente propiciada y solapada por la corrupción de los permisos de construcción y uso de suelo.

Toda la ciudad se ha convertido en suelo de uso mixto, no hay una sola zona exclusivamente residencial afuera de un fraccionamiento. Para generar una ciudad eficiente, ecológica y atractiva del siglo XXI había que escoger un manojo de colonias para la explosión vertical de uso mixto como pudieron ser el corredor de avenida de las Américas, Andares, Providencia, el proyecto del Parque Morelos y alguna nueva afuera del Periférico para dejar a la Guadalajara post-colonial intacta. Así, a lo largo de los años, sí veríamos un reemplazo vehicular y menor tráfico porque la gente podría vivir, trabajar y recrearse en áreas no mayores a un kilómetro cuadrado. En lugar de eso tenemos una ciudad cada vez más indistinguible de cualquier otra megalópolis latinoamericana, con cada vez más necesidad de transporte automovilístico y cada vez más carriles ocupados por ciclovías en absoluto desuso.

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