Impropiedad intelectual

Richard Prince, uno de los artistas contemporáneos mejor cotizados, está causando furor con su más reciente material: fotos de otros usuarios de Instagram. Prince hace un comentario en la foto, copia la pantalla y la imprime en un canvas de baja calidad. Los originales del artista se venden en 99,000 dólares en las galerías Gagosian alrededor del mundo.

La controversia recae en si Prince está usurpando los derechos intelectuales de los suscriptores de Instagram. La respuesta más sencilla es “no”. El acuerdo de usuario en Instagram, Facebook, Whatsapp, Snapchat y todas las otras redes sociales claramente establece que el usuario no tiene derechos intelectuales ni de privacidad en el material que publica. A los usuarios suele no importarles esto hasta que alguien más empieza a ganar millones de dólares con su material.

Los acuerdos de privacidad en las redes sociales dejan mucho para discutir, pero si aún no crees que tiene ningún riesgo publicar información personal en Internet, seguramente tampoco lees este periódico así que lo dejaré a un lado.

Prince lleva décadas interesado en el tema de propiedad intelectual y no es el primer desacato que comete. Hace años mandó publicar en secreto copias de The Catcher in the Rye fieles a la edición original de 1951 en todo excepto al nombre del autor, el cual sustituyó por el suyo. El pseudo-autor se sentó en Central Park a vender las copias al doble de lo que costaban las originales en la librería.

@SuicideGirls la víctima más representativa de Richard Prince en esta exhibición incluso ha tratado de vender sus propias copias de las fotos explotadas, pero sólo pueden cobrar 99 dólares por ellas. Evidentemente la pura asociación con Richard Prince vale los 100,000 dólares de diferencia. Ese es el punto que quiere establecer el artista: no hay un derecho intelectual, solo una capacidad de explotación: los anónimos que toman sus fotos en intentos artísticos no pueden aprovechar su propio trabajo. El derecho para Prince es simplemente el poder hacerlo.

Este ensayo cabe en la discusión más grande de los límites de la propiedad intelectual. Muchos argumentan que nadie es dueño de sus propias creaciones porque todas son resultado de una inspiración colectiva que recibe el creador.

Es una propuesta interesante, pero es clave distinguir la diferencia entre los derechos intelectuales y los límites de explotación. Cuando una farmacéutica lanza una nueva medicina se le permite una patente limitada para que pueda recuperar el dinero que le costó inventarla y poder investigar más curas. Un artista debe ser compensando por la labor que le invierte a su trabajo, pero a final de cuentas Coca-Cola vale trillones porque le puede poner un logotipo a sus productos y cobrar más que nadie por ellos, no porque tengan una fórmula secreta.

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