Ídolos falsos

En esta época del año nos da por reflexionar sobre nuestras vidas. Por lo general los propósitos de año nuevo buscan mejorar cualidades personales, profesionales, sociales o espirituales. Les sonarán familiares: quiero bajar de peso, que me promuevan en el trabajo, conseguir o cuidar a mi pareja o dedicarle más tiempo al Dios que sea que le recen. Todas causas loables. Lo curioso es cómo el cierre de un año nos lleva a estos propósitos.

Una de las herramientas más a la mano en la introspección es la comparación, ni siquiera necesariamente con los demás, pero con el “yo ideal”. El “yo ideal” suele ser mejor parecido, más relajado, energético, acertado y determinado. Todo esto es fabuloso, en realidad lo que nos imaginemos que podemos lograr en este aspecto resulta en pasos que llevan a un resultado tangible. El problema es cuando tomamos elementos prestados para formar al “yo ideal” porque formamos algo inalcanzable, un ídolo falso.

El ídolo falso tiene súper poderes, sus días duran más de 24 horas, todos lo aman y lo quieren ayudar, no sufre de hambre, ni dolor. Suena ridículo, pero es un síndrome real que ha capturado la atención de varios intelectuales recientemente. Un clásico “culpable” de esto es la publicidad que usan las marcas de tecnología hoy en día: en el comercial de Apple todos son únicos, se dedican a su hobby y viven cómodamente, tienen amistades interesantísimas que viven para esperar su llamada y el sol sólo deja de brillar para que comience la fiesta.

Ha sido buena mercadotecnia, pero es ficción. No existe nadie en el mundo que surfea todos los días, vive en una mansión en la playa, se detiene en su cafetería favorita todos los días, trabaja un par de horas, tiene tiempo para sus amigos, familia, mascota y además sale viéndose fabuloso todas las noches.

El riesgo de seguir al ídolo falso en esta época es que cada año dejamos de hacer el ejercicio que prometimos cuando nos damos cuenta que implica sacrificar otra actividad, hacemos a un lado nuestras metas profesionales cuando nos damos cuenta que el esfuerzo no siempre resulta en buenos éxitos reconocidos, se nos olvida que todas las relaciones sociales necesitan trabajo para hacerse o mantenerse y Dios, Alá, Shiva y Buda quedan en un cajón hasta la próxima temporada de arrepentimiento. El mayor peligro es que no nos permitimos estar felices con nuestras vidas mortales. Así es que este año brindemos por las metas tangibles y por los logros que sí alcanzamos en 2013.

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