Guadalajara buchona

Me gusta ver a la ciudadanía tapatía orgullosa del desarrollo de la ciudad. Los puentes y desniveles, las calles de uso mixto, las áreas comerciales en espacios abiertos, el lujo y la diversidad de los restaurantes y los centros de entretenimiento, y, más que nada, los rascacielos que ahora adornan la ciudad. A mí no me gustan estos cambios. Creo que el desarrollo ha sido de visión cortoplacista, que las áreas marginadas son ignoradas y el centro olvidado por su complejidad, además creo que el frenesí descontrolado es una amenaza real a la identidad cultural de la ciudad.

Nuestra ciudad no está creciendo con un plan maestro como casi todas las otras ciudades de su tamaño en el mundo y no tengo ninguna duda que Guadalajara pronto se unirá a todas las otras ciudades exportadoras de población en las que los residentes no tienen el apego que los hace vivir ahí todas sus vidas. Aún así, la mayoría de las personas con las que platico parecen contentas con el cambio, es un cambio democrático.

Sin embargo, se están engañando solos. Más allá del cambio en sí está el riesgo de qué lo detona. Guadalajara se ha convertido en una ciudad buchona (def. Riqueza obtenida de manera ilícita). La ropa, la radio, los edificios, la comida… Donde termina el guisado y empieza el asado… Es como si la frontera interna la hubieran recorrido en la última década ¿Nos mudamos a Oaxaca o Puebla?

Entiendo que la mayoría de la gente prefiere vivir con la cabeza firmemente metida bajo tierra, pero es imposible que no se den cuenta de qué está financiando el crecimiento de la ciudad. Sí, el dinero de las FIBRAs se ve en muchos de los rascacielos, pero ¿Quién está comprando el producto final? Todos conocemos la historia del dueño de la fábrica de clavos o escobas que tiene muchísimo dinero y no sabe dónde ponerlo. Pamplinas. No existen. Tampoco son “doctores y abogados” los que compran tres y cuatro unidades de cinco millones de pesos en preventa, bueno, al menos que sus clientes y pacientes sean el cartel de Sinaloa y los caballeros templarios.

Son prestanombres. Al igual que todos los restaurantes perpetuamente vacíos en Providencia son lavado de dinero. He cubierto los detalles de por qué las rentas de la ciudad no justifican los precios y cuántos ingresos debería ganar una persona para comprar una residencia de lujo en la ciudad. Los demográficos de la ciudad simplemente no sostienen su crecimiento y eso solo deja una explicación.

El año pasado el Wall Street Journal y el New York Times sacaron una serie de descubrimientos de criminales mexicanos que tienen propiedades de más de 20 millones de dólares, la mayoría políticos corruptos que las esconden en sociedades de responsabilidad limitada y prestanombres. Obviamente lo mismo ocurre en México, solo que los periódicos no tienen los recursos para investigarlo y tú vives feliz con la cabeza bien metida en un pozo. Provecho en los mariscos este fin de semana, ojalá te descalabres resbalándote en Andares por andar viendo ropa que no tienes con qué pagar y no se te ocurre preguntar quiénes mantienen la tienda abierta.

Hay una escena en Batman en la que llega Bruno Díaz a confrontar al mafioso sobre lo que le ha hecho a su ciudad y él le explica que no le ha hecho nada de lo que sus ciudadanos no sean cómplices. La realidad es que si hace diez años hubiéramos rechazado a los primeros buchones que llegaban no estaríamos en esta situación, tampoco habría un edificio nuevo a la semana, pero igual eso no te importa. Nomás no se engañen, si dejamos de ir a estos lugares, de hablarle a esta gente, de prestarles servicios y disfrutar de sus lujos, todavía los podríamos correr. Simplemente no quieren eso.

 

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