Detrás de brexit

La libra cayó 11 por ciento, el mercado bursátil británico otro tanto y los bonos de la tesorería de Gran Bretaña han sido degradados dos categorías. La única certeza es que desconocemos todas las consecuencias tangibles del referéndum del jueves pasado.

El resumen: hace tres años el primer ministro, David Cameron, sucumbe ante la presión política de la extrema derecha y, asumiendo que no culminaría, llama a una forma de encuesta popular para determinar si la población de Gran Bretaña sigue queriendo ser parte de la Unión Europea; el jueves, para sorpresa de quienes creen en las encuestas, la ciudadanía británica elige con un margen menor a 2 por ciento y una abstención de casi el 14 por ciento salir de la organización; al asombro de muchos, el referéndum no es un acto de consecuencia legal y tiene que ser ratificado por el Parlamento, que en teoría, más no por costumbre, podría ignorarlo; el primer ministro Cameron renuncia a su puesto, supuestamente para seguir luchando por la permanencia en la Unión. Nadie sabe con certeza si el Reino Unido saldrá de la Unión Europea, bajo qué términos y en cuánto tiempo, lo más probable es que tarde varios años.

Lo asumible: los costos burocráticos de la reestructura superarán ampliamente los de la membresía que se está cancelando con Bruselas (sin contar la pérdida de beneficios).

En la última semana hemos escuchado mucho sobre las consecuencias socioeconómicas de una eventual desintegración del Reino Unido y un poco de las ramificaciones políticas locales (Escocia y parte de Irlanda votaron por quedarse y el referéndum ha reiniciado pláticas de una secesión), pero poco se ha discutido de las secuelas políticas globales de un voto de este tipo.

Las comparaciones con la campaña presidencial de Donald Trump en Estados Unidos han sido cubiertas y fuera del alza de la extrema derecha y el anti-intelectualismo generalizados en el mundo entero, pero en realidad tienen poco en común, fuera de que Trump trató de subirse al podio de la victoria de Brexit torpemente y fracasó.

Las consecuencias políticas en realidad son mucho más graves que las económicas a causa del Brexit. El referéndum es un recordatorio para todo el mundo que los tratados entre las naciones son tan frágiles como el papel en que se firman, sean comerciales o militares. Nunca debemos perder de vista que el endeble matrimonio que representa la Unión Europea entre países que tienen amplio historial de guerra entre sí ha sido más por necesidad que por conveniencia o afecto.

 Una vez más la mayoría electoral la conforma un grupo marginado por la expansión económica global del siglo XXI. Brexit fue elegido por ciudadanos caucásicos de edad avanzada en zonas rurales con poca educación, al igual que Trump, y no son una mayoría, pero son suficientes para ganar cuando el resto de la población no está unida en su contra.

El referéndum no fue una acción de consecuencia legislativa, aunque seguramente será ratificado. Lo que sí, es una muestra más de que el ejercicio democrático de nuestra época no funciona. Entiendo la respuesta de un grupo oprimido que siente que no tiene otra manera de ser escuchado, pero no es democrático que estas minorías que se encuentran obsoletas en su actualidad detonen bombas suicidas en el vehículo en el que vamos todos.

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