Callejón sin salida

Hay 34 millones de mexicanos viviendo en Estados Unidos. Es la nacionalidad predominante el país. Después de la Ciudad de México, Los Ángeles es la segunda ciudad con más mexicanos en el mundo, no Guadalajara. Sin embargo, ésta condición está en constante fluctuación conforme las segundas y terceras generaciones migrantes dejan de identificarse como mexicanos y la creciente población china amenaza la supremacía latina como la raza predominante en los Estados Unidos.

Este 15 por ciento de los mexicanos en el mundo, los que llamamos paisanos, no solo componen la etnia que más puebla Estados Unidos, también son los que menos ingresos tienen, menor educación reciben y menos ahorran, enlodando el espejismo del sueño americano.

Los hogares mexicanos en Estados Unidos promedian un ingreso de 40,000 dólares anuales, el menor entre las nacionalidades migrantes, incluyendo las otras hispanas. Obviamente es mucho en comparación a los ingresos de la población en México, pero resulta desastroso en comparación a los 86,000 dólares que promedian los hogares indios o los 67,000 en los chinos.

Los mexicanos también son quienes tienen el menor grado de educación, un factor determinante en la sociedad estadunidense en la que el mexicano promedio no ha terminado la preparatoria. Nuevamente son los indios quienes destacan, un alto porcentaje tiene algún estudio de posgrado.

Mientras que es obvia la relación entre los menores ingresos, ahorros y falta de educación; no sabemos si una ha causado la otra o si ha sido algún otro factor lo que ha puesto a los mexicanos en Estados Unidos en una situación tan precaria. La advertencia es la posibilidad de que las siguientes generaciones se vuelvan el grupo de atención focal que hasta ahora han sido los negros.

Los inmigrantes mexicanos, a pesar, o quizás a causa de lo discutido en esta columna, se han formado un nicho en la sociedad estadunidense como una clase trabajadora dispuesta a emplearse, pero no es de esperarse lo mismo de sus descendientes. Los inmigrantes llegan a Estados Unidos a trabajar, buscando una mejor vida; sus hijos nacen en esa mejor vida y, como los negros, serán beneficiados con los apoyos que reciben los grupos de menores ingresos. La historia de quienes nacen en beneficencia pública no es buena.

Es fácil defender a los paisanos de los prejuicios y discriminación ahora, después de todo, su trabajo habla por ellos, pero la reputación de los migrantes no garantiza la de sus descendientes. Sería bastante doloroso ver a las siguientes generaciones despilfarrar la reputación de sus padres si se convierten en la minoría que el resto de la sociedad tiene que sufragar, pero sin dinero, ni educación y con competencia migratoria, es un callejón sin salida para el futuro azteca en Estados Unidos.

juanmaria7@gmail.com