Articulista invitado

La foto no tiene permiso

Los modernos Guy Montag en la babilonia del siglo XXI censuran el horror de la realidad al tiempo que publican selfies.


Imagen subida a la red por Le Soir y criticada por los internautas. (Ketevan Kardava/AP)

Burdeos. En medio del miedo y de la sensación de hecatombe, las frases como “¡en qué mundo vivimos!”, “hay que aprender a vivir con ello”, “estamos en guerra”, “nosotros somos los culpables”, se han convertido en un lugar común que se esparce en Francia y en otras partes de Europa.

Aprender a vivir con ello… ¿Con qué? No se sabe bien. Con la muerte inesperada, se supone; con la sangre y la locura, también; con las sirenas que acompañan al después de un atentado; con la psicosis y la sospecha; con las evacuaciones; con el cierre temporal de estaciones y la cancelación de vuelos y de trenes; con la mirada desconfiada; con los militares que vigilan; con la policía que patrulla, con los mensaje de “en alerta”. Con el horror, pues, en casa propia (con el olvido, también: “hay que seguir viviendo”). Pero, sobre todo, no con las imágenes que acompañan este horror y lo generan. Son las imágenes, en un mundo necesitado de ellas, que se alimenta de ellas, que vive de ellas, que se expone en ellas y se graba con ellas (selfies, videos y, paradoja, su versión más antigua: la fotografía), las que ridículamente no tienen permiso.

La versión online del diario belga Le Soir publicó en una primera edición de 20 páginas dedicada al atentado ocurrido en Bruselas el pasado 22 de marzo una foto realista que lo definía todo: dos mujeres ensangrentadas, una con la camisa rasgada, el sostén a la vista, el vientre al aire, la mirada perdida y semisentada en un sillón “de espera”, como si efectivamente esperara que alguien viniera a “rematarla” o, en todo caso, a ayudarla; la otra, hablando por teléfono, con la mano pintada de sangre, y la conciencia súbita de estar con vida y, se diría, tranquila.

Los internautas, que ahora lo dominan todo, consideraron la foto impúdica y vergonzante (no el atentado y ni a los terroristas: ellos tienen permiso, nadie que se atreva a demandarlos en ninguna corte). Le Soir retiró la foto y pidió disculpas. El diario la sustituyó por una foto plana que visualmente no decía nada, como las fotos amateurs de los propios conspiradores, profesionales de la red y de nada: vacía: una homenaje a las víctimas como los hay en todos lados.

La prensa libre no lo es más. Una foto pasa por el filtro y el control de los Guy Montag modernos en la babilonia del siglo XXI: el de quienes con el menor pudor publican selfies, se exponen en Facebook, se muestran en Instagram, pero censuran el horror si no es posible darle un estúpido “me gusta”; si no es “bonito”; los nuevos amos de lo que la prensa debe o no publicar; los nuevos jefes editoriales de los medios: los usuarios “profesionales” de las redes sociales.

Tal parece que ahora podemos ver las caras de los asesinos, grabadas siempre por las cámaras de videovigilancia que nos siguen a todas partes (sin que por ello eviten lo peor), pero nos está prohibido ver el desastre que dejan después de que pasan con sus armas y sus bombas a sus anchas por los pasillos de Europa, drogados, vociferando el nombre de un tal Allah al que nadie a visto. Ahora podemos soportar verlos, pero no soportamos ver la mirada vacía, la sangre, la tristeza que dejan a su paso: la mirada perdida de dos mujeres que lo define todo: el horror.

La muerte tiene permiso, Valadés dixit; los terroristas, también, pero no la foto realista, dura, periodística, oportuna y exacta de ese horror al que dicen unos que hay que acostumbrarse a vivir con él.