Columna invitada

Hidalgo e Iturbide

Cada mes de septiembre, no pocas personas (entre ellas algunos divulgadores de nuestra historia, que no necesariamente historiadores, tanto de viejo como de nuevo cuño) vuelven a insistir que es una injustica darle a Miguel Hidalgo el título de Padre de la Patria y, en cambio, haber colocado a Agustín de Iturbide en una suerte de limbo histórico, máxime cuando el primero de ellos acabó fracasando militarmente en su intento independentista y, en cambio, el segundo sí pudo lograr la separación política de nuestro país de la Corona española. Un buen ejemplo de lo anterior es el reciente artículo “Iturbide y la ingratitud”, firmado por Laura Ibarra (MILENIO JALISCO, 21 de septiembre).

Sin embargo, lo que parecen olvidar esos jueces de Hidalgo y, al mismo tiempo, reivindicadores y hasta ensalzadores de Iturbide, es que entre un personaje y otro existen muchas grandes diferencias, la mayoría de las cuales obra en favor del cura de Dolores y va en desdoro del encumbrado oficial realista michoacano, que en su carrera militar y política dio una vuelta de 180 grados, para terminar invitando a uno de los último caudillos insurgentes (Vicente Guerrero) para que juntos declarasen la Independencia de México.

Para comenzar, Hidalgo fue coherente hasta el último de sus días, algo que no se puede decir de Iturbide; Hidalgo no cambió de bando e Iturbide, por el contrario, sí lo hizo. Hidalgo fue excomulgado (y en dos ocasiones) por haber iniciado el movimiento de Independencia, e Iturbide fue aplaudido y patrocinado hasta por el alto clero mexicano para que combatiera a los partidarios de la Independencia.

Por cierto, entre los patrocinadores clericales de Iturbide se destacó un famoso prelado tapatío: el obispo Juan de Ruiz de Cabañas y Crespo, quien no sólo firmó la segunda excomunión de Hidalgo y sus partidarios, sino que entregó 25 mil pesos oro a Iturbide para que sometiera a los insurgentes. Y una vez que Iturbide cambió de bando, pasando de furibundo antiinsurgente a “convencido” proindependentista, el mismo obispo Cabañas se trasladó a la Ciudad de México, donde el 20 de julio de 1822, personalmente le colocó la corona imperial a Iturbide, en la Catedral Metropolitana, ocasión en la que el mencionado fue investido como Agustín I, emperador de México.

En otras palabras, mientras Hidalgo comenzó encabezando el movimiento de Independencia de México y terminó sus días, con el costo mismo de su vida, defendiendo la causa independentista, Iturbide -con el grado de teniente y más tarde de coronel, dentro del ejército realista- se opuso al movimiento insurgente, al que combatió con denuedo durante la mayor parte de la etapa armada. Y ya en la etapa final de ese conflicto muy calculadamente (léase de forma oportunista) supo cambiarse al bando de los proindependentista.

Por otra parte, Miguel  Hidalgo no tuvo oportunidad de corromperse ni lucró con la lucha de Independencia ni tampoco le repartió cargos a su parentela, algo que Iturbide sí hizo, pues en cierto momento vio que una eventual separación de México de la Corona española resultaba propicia para su provecho personal.

Y fue precisamente esa desmedida ambición de poder la que llevó a que muchos de los mismos aliados y partidarios de Iturbide lo depusieran como emperador de México, lo expulsaran del país, le advirtieran que si regresaba sería fusilada y finalmente le hicieran efectiva esa amenaza al ejecutarlo en Padilla, Tamaulipas, el 19 de julio de 1824, por disposición del Congreso que lo había declarado traidor y puesto fuera de la ley.

A Hidalgo se le reprocha haber permitido que en varios lugares, como fue el caso de Guadalajara, se derramara la sangre de muchos españoles que, presumiblemente, aunque no en todos los casos, eran hostiles y aun conspiraban contra la causa independentista. Pero aun aceptando lo anterior, habría que reconocer que fueron más, pero muchos más, los indígenas y mestizos que murieron a manos de los realistas. Y no sólo en el campo de batalla, sino que fueron ejecutados, muchos de ellos por órdenes del propio Iturbide. La pregunta sería si se considera que la vida de los indígenas y mestizos tenía menos valor que la de los españoles.  

Por lo demás, no se debe olvidar que la guerra es la guerra, y que las revoluciones no la hacen ni sociólogos ni antropólogos ni defensores de los derechos humanos ni pacifistas de tiempo completo, sino personas armadas que luchan por una causa que consideran superior. Y en el caso de Miguel Hidalgo, Josefa Ortiz de Domínguez, Ignacio Allende, José María Morelos, Mariano Abasolo, los hermanos Aldama, Pedro Moreno, Vicente Guerrero, José Antonio el Amo Torres, José María Mercado y tantos más, esa causa fue, de principio a fin, la Independencia de México, algo que no fue el caso -y esto hay que repetirlo, a riesgo de ser machacones- de Agustín de Iturbide.

Y precisamente a causa de lo anterior, la estatura moral y patriótica de Miguel Hidalgo -quien cometió no pocos errores pero nunca fue un oportunista ni tampoco un pusilánime, pues rechazó el ofrecimiento del gobierno realista que le perdonaba la vida a cambio de deponer las armas- está por encima, pero muy por encima, de logreros como Agustín de Iturbide.

Finalmente, hay que decir que no sólo en México, sino en los más diversos países las grandes revoluciones se suelen conmemorar el día en que comenzaron y no en la fecha de su consumación. Ese el caso de la Independencia de los Estados Unidos, que se celebra el 4 de julio, por haber empezado ese día, en el año de 1776; y también de la Revolución Francesa, que se celebra el 14 de julio, por la toma de la Bastilla, en 1789, y la Revolución Soviética, que comenzó con el asalto al Palacio de Invierno, en San Petersburgo, el 25 de octubre del calendario juliano (el 7 de noviembre del nuestro) en 1917.

Por todo lo anterior, para el pueblo de México, la celebración de la Independencia no tiene vuelta de hoja: el 16 de septiembre (y también la noche del día anterior), pero no el 27 del mismo mes, aun cuando en este último día se haya declarado oficialmente la Independencia de nuestro país.