Autonomía relativa

De la “traición”

Día de descanso, puente largo, el Buen Fin… espacio y tiempo para pensar algo más que no sea nuestra necia realidad. Van  algunos subrayados del libro Elogio de la traición, de Jemabar Denis y Roucate Yves (Ed. Gedisa), que en estos días de convulsión política pueden ser útiles.

Todos comprenden que es muy loable que un príncipe cumpla su palabra y viva con integridad, sin trampas ni regaños. No obstante, la experiencia de nuestra época demuestra que los príncipes que han hecho grandes cosas no se han esforzado en cumplir su palabra.

En un universo de complejidad creciente, la rigidez provoca grietas, mientras que el pragmatismo permite enfrentar los obstáculos, sortear las dificultades, superar los bloqueos.

He verificado con frecuencia que el buen manejo de un error vale más que ciertos éxitos. Así lo enseña el arte del ajedrez, que consiste en aprovechar los errores cometidos. Más que despistarlo a uno, confunden al adversario. Creo, en fin, en las virtudes de la improvisación, siempre que se tenga en cuenta que ésta es un ejercicio prolongado (Francois Miterrand).

La traición relativa es esencialmente el motor de los regímenes democráticos. Es la materia prima de la política. Despreciada por los moralistas, mirada con suspicacia por la opinión pública, es encarnada por la denominada politiquería. Su rechazo es injusto y peligroso. La maniobra política, fenómeno profundamente moderno, es un signo de vitalidad de la democracia, es decir, de la aceptación del cambio, la evolución de las fuerzas sociales, en fin, el movimiento general de la sociedad, por los actores políticos.

Se asemeja a Edgar Faur, autor de esta frase admirable sobre el arte de la traición: “No es la veleta que gira, sino el viento que cambia de dirección”.

Richelieu se creyó en el deber de recordarle a Luis XIII: No seríamos reyes si tuviéramos los sentimientos de los particulares. En ese momento dado, los políticos que desean convertirse en estadistas deben matar algo en sí mismos, mutilarse, amputarse. Deliberadamente. Es necesario porque uno se compromete por adelantado a asumir sin nada ni nadie por encima de uno y si el destino lo lleva a ello, una enorme responsabilidad. La parte de sí mismo que el estadista debe eliminar es su corazón. Cuando el sufragio universal le confía a uno las funciones supremas y no quede nadie por encima, prosigue Jacques Chirac, uno ya no puede tener amigos. Este es uno de los costos del poder: Hay que dejar el corazón en el guardarropa. Mi ingratitud lo sorprendería a usted, respondió Georges Pompidou a Charles de Gaulle cuando éste se mostraba preocupado por lo que la primera magistratura podría hacer de él.

Los compromisos más eficaces suponen las mayores traiciones. No hay acuerdos más sólidos que los concretados entre hombres a priori hostiles. (p. 38).

Sin las negaciones de Pedro, que muestran a la luz la fragilidad humana ante la fe, ¿qué hubiera sido
de la Iglesia católica? ¿Qué necesidad habría de ella? La traición de Pedro es un acto fundacional aunque toda la historia eclesial se haya empeñado en disimularla y, con ese fin, haya llenado de oprobio a Judas, a pesar de haber sido el origen de la gloria de Cristo que atraviesa los siglos.

Las instituciones del país, en el que el Ejecutivo se encuentra en oposición casi permanente al Congreso, están hechas de manera tal que obligan a los actores de la vida política washingtoniana a la traición, es decir, a un pragmatismo moderado o agresivo que da a Estados Unidos un vigor
democrático excepcional.

 

juanignacio.zavala@milenio.com

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